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domingo, 10 de abril de 2016

Pueblos originarios de la Argentina

 
La colección de miniaturas no para de crecer y ya ha trascendido el marco original de la militaria. Gauchos, personajes del Buenos Aires colonial, se mezclan entre los soldados de los diversos regimientos de nuestra historia.

En breve comenzamos con una nueva entrada dedicada a los pueblos originarios que habitaron en el actual territorio de la República Argentina, donde, como siempre, acompañaremos a cada figura con una descripción histórica.

Gracias al taller de Osvaldo Verón (MSminiaturas) ya están los primeros aborígenes: pampas, tehuelches, araucanos, comechingones, guaraníes, onas. Próximamente vendrán más pueblos y más figuras, incluyendo guerreros (a pie y montados), como también mujeres, ancianos y niños, en una visión mucho más completa que solamente lo militar.

En pocos días comienzo a subir las fotos.

Espero que les guste.





Aborígenes americanos


Introducción


La Escuela Americana



La llamada «Escuela Americana» liderada por Alex Hrdlicka (1925), basándose en la homogeneidad racial del hombre americano, postula la existencia de sucesivas oleadas migratorias en los períodos inter-glaciales que, a partir de 30.000 años a.C., habrían llegado a este continente a través del Estrecho de Bering (convertido entonces en puente entre América y Asia). Los científicos adscriptos a esta Escuela reconocen que las variaciones en la tipología étnica de los antiguos hombres americanos serían consecuencias de la adaptación a nichos y hábitat ecológicos nuevos.

El ser humano de América tendría entonces un homotipo mongoloide; sería originario de Asia y habría llegado solamente por el Estrecho de Bering. 

Las culturas de estos primigenios migrantes habrían sido semejantes y solo después de su llegada al llamado Nuevo Continente se habrían diferenciado.

La Escuela Europea


Paul Rivet, fundador del Museo del Hombre de París, fue el líder de la llamada «Escuela Europea» o «de las Corrientes Interoceánicas». Publicó en Montreal (1943) su teoría, basándose en la heterogeneidad o pluralidad racial de los antiguos americanos. 

Estos habrían llegado al continente no solamente por el Estrecho de Bering, sino por los océanos, que no constituirían vallas, sino rutas abiertas a la migración. Supuso que el arribo de cada corriente se realizó por caminos diferentes, trayendo una variedad racial distinta y siendo portadora, cada una de ellas, de culturas con peculiaridades diversas.



Siguiendo la idea de Rivet, varios antropólogos hablan de sucesivas corrientes migratorias que habrían dado origen al poblamiento primitivo de América.

La interpretación actual tiene en cuenta todas estas interpretaciones como válidas, producidas en distintas oleadas a lo largo del tiempo por distintos lugares, y por oparte de distintos grupos humanos. Es decir, que no se podría hablar de un solo origen del hombre americano, y por un solo lugar, sino que el poblamiento de América reconoce distintos orígenes, no un origen único.

Así podemos presentar, en un cuadro esquemático, algunos de los orígenes posibles: 

FUÉGUIDOS: Se trata de los habitantes primigenios del Sur de América (Tierra del Fuego y Patagonia). Procederían de Tasmania y habrían llegado al continente atravesando, según teorías, un corredor de tierra que unía el sur de Australia con la isla de Tasmania, la Antártida, la Tierra del Fuego y el Cono Sur. Esto, teniendo en cuenta que la Antártida presentaba condiciones climáticas mucho más favorables en las épocas interglaciales que en la actualidad. 

PÁMPIDOS: se habrían afincado originariamente en las grandes llanuras de Norte y Sudamérica. Su origen geográfico los ubica entre las poblaciones australianas y habrían llegado también por vía terrestre. Se supone que sus descendientes más conocidos serían los llamados pieles rojas o plánidos de Norte América y los llamados pampas en América del Sur. 

LÁGUIDOS: Se habrían ubicado en la región geográfica conocida como el escudo oriental de Brasil, concretamente en Lagoa Santa. Serían originarios de la Melanesia y habrían llegado al continente por vía terrestre. 

AMAZÓNICOS: Se concentraron originalmente en las cuencas de los grandes ríos americanos: el Amazonas y el Orinoco. Se cree que habrían llegado por vía marítima. Sus descendientes más conocidos serían los jíbaros y guaraní. 

ÁNDIDOS: procedían del Pacífico Occidental. Se ubicaron en México y en toda la franja de la cordillera de los Andes. De estos grupos habrían provenido los mayas, aztecas e incas. 

Otros grupos poblacionales habrían sido los ÍSTMICOS que se ubicaron en el istmo centroamericano; los COLÚMBIDOS, que se asentaron en el noreste de América del Norte; los ESQUIMALES, cuyo hábitat se circunscribió a la zona circumpolar.

Indios onas caminando por el hielo. En el extremo sur se habría dado una
situación similar a la del norte: un desplazamiento por aguas congeladas.


Organización social de los primeros pobladores de América


Como todas las culturas del Paleolítico, estos cazadores nómadas estaban organizados en hordas o bandas: pequeños grupos de no más de 30 o 40 personas, bajo la autoridad de un líder temporario, basada en la edad, la fuerza, la inteligencia y la destreza en las cacerías. Es el jefe el que decide adónde desplazarse, sobre todo con los cambios de estación (ya que los animales migran a otras regiones más cálidas cuando llega el invierno), y es quien dirige la caza y las relaciones entre los miembros de la banda.

Como el alimento escasea, y sólo alcanza para satisfacer las necesidades del momento, no existiendo además la posibilidad de conservar la carne, y siendo necesarios la alimentación y el esfuerzo de todos por igual, su organización es igualitaria: todos tienen los mismos derechos y obligaciones, inclusive el jefe debe compartir la comida con el resto del grupo, no tiene nadie que lo ayude a transportar sus cosas, no existen diferencias sociales. Tampoco el hecho de ser jefe significa tener mucho poder sobre el resto, sólo ser reconocido como el más capaz de los cazadores. Pero ese reconocimiento no dura nada más que en el momento de la cacería. Y así como se ha ganado, también se lo puede perder. Como dijo un cacique sioux en el siglo XIX, “se es cacique hasta que uno descubre que cuando habla ya no se lo escucha”.

El dominio del fuego juega un papel muy importante, como fuente de luz y calor, para cocinar alimentos, espantar a los animales, y también como elemento socializador; permite que todos se acerquen con confianza y se comuniquen, favoreciendo el desarrollo de los gestos de la cara y del lenguaje, con lo cual los hombres perdieron su aspecto feroz y desconfiado.

La relación con la naturaleza es muy estrecha: al no producir su propio alimento, estas bandas de cazadores-recolectores y pescadores dependen de lo que les ofrezca la naturaleza.

La pesca y la recolección permiten una dieta equilibrada, que proporciona otro tipo de alimentos que la caza no puede brindar.

Aparece la utilización del secado para la conservación de numerosos alimentos, como higos y otras frutas.

Se van descubriendo los ciclos productivos de vegetales y animales como consecuencia del permanente desplazamiento en la búsqueda de alimentos y agua.

Aumentan las posibilidades de supervivencia: los hombres comienzan a vivir más años.

Hace entre 13.000 y 11.000 años se produjo el fin de la glaciación, y los hielos se fueron retirando. 

Sus armas eran lanzas, arpones, arcos y flechas y boleadoras. Podemos considerarlos entonces, como pertenecientes a una cultura paleolítica. La caza no sólo les brindaba alimento, también, poder mantener vivo el fuego, además de cubrirse el cuerpo impidiendo el paso del frío y la humedad. Y otro recurso fundamental: el cuero, con el que construían sus toldos (paravientos), vestimentas, tientos, recipientes, etc.

En América se desarrolla la caza del mamut y otros animales.

Es el período en que se produjeron más cantidad de desplazamientos por el continente.



Aborígenes "argentinos"


Con la llegada de los conquistadores españoles en el Siglo XVI los pueblos indígenas vieron truncadas sus posibilidades de desarrollar su cultura. Sólo algunos lograron sobrevivir a los cambios que el devenir histórico les impuso, pero sin lugar a dudas constituyen buena parte de la esencia de la población argentina actual. Para sintetizar el complejo panorama de los diferentes grupos culturales de los pueblos originarios se pueden dividir de acuerdo a su hábitat en pueblos indígenas del Noroeste, Sierras Centrales, Cuyo, Pampa, Patagonia, Neuquén, Chaco, Litoral y Mesopotamia.

Pueblos Indígenas del Noroeste


La cultura Diaguita fue la más compleja y numerosa de las poblaciones aborígenes. Formaban parte del pueblo Diaguita, los Pulares, Luracataos, Chicoanas, Tolombones, Yocaviles, Quilmes, Tafis, Hualfines entre otros. Estas pueblos indígenas compartían la lengua Cacá o Cacán, la organización social y la cosmovisión era similar.

La cultura Diaguita representaba un 75% de los pueblos indígenas de Argentina a la llegada de los conquistadores. Aproximadamente unos 200.000 indígenas conformaban este pueblo a la llegada de los españoles.

Anciano humahuaqueño, c.1920. Archivo General de
la Nación, Documento Fotográfico. Inventario 229014

Eran sedentarios, se dedicaban a la agricultura, utilizaban el sistema de riego por canales para sus cosechas de maíz, zapallo y porotos. Eran criadores de llamas y utilizaban la lana para sus tejidos. Recolectaban algarroba y chañar.

Se destacaban por su cerámica y el trabajo en metal. Adoraban al Sol, el trueno y el relámpago. Tenían jefaturas similares a los cacicazgos y su familias eran monógamas. A partir de 1480 quedaron bajo el dominio Inca.

Pueblos Indígenas de las Sierras


La zona de las sierras centrales se distribuyeron entre los pueblos indígenas Comechingones en el Oeste de Córdoba y el Valle de Conlara en San Luis; y los Sanavirones en el Norte de Córdoba. 

Vivían de la caza, la recolección y la pesca además del pastoreo de llamas; cosechaban maíz, porotos y zapallos. Adoraban al Sol y a la Luna. 

La familia extensa era el núcleo de la comunidad. Un conjunto de familias era una parcialidad a cargo de un cacique, cargo probablemente hereditario. Empalizadas de troncos rodeaban las viviendas que eran de gran tamaño, probablemente para albergar varias familias.

Pueblos Indígenas de la Zona de Cuyo


La cultura de los Huarpes ocupó las actuales provincias de San Juan, San Luis y Mendoza. Los Allentiac y Milcayac eran los subgrupos principales.

La vivienda era de piedra en la zona montañosa, y en la llanura se hacía con quincha.

Adoraban al sol, la luna y al lucero del alba.

Eran pueblos agricultores sedentarios, cultivaban maíz y zapallo. Recolectaban algarroba con la que preparaban el patay y la chicha o aloja.

También cazaban guanacos, vizcachas y ñandúes; utilizando arcos y flechas; y las boleadoras.

Practicaban la pesca en las lagunas. En Guanacache, laguna hoy casi desecada, se realizaba la pesca en canoas fabricadas con tallos de juncos o totora fuertemente amarrados. Tenían forma alargada con los bordes elevados y se la impulsaba con una pértiga. Se encontraron varios ejemplares de las mismas. En la laguna de Guanacache también se cazaban patos.

Pueblos Indígenas de la Región Pampeana y Patagónica


En la Pampa y la Patagonia habitaron gran cantidad de comunidades, con tres ramas principales. Los antiguos Pampas también denominados Querandíes, habitantes de La Pampa y Buenos Aires, fueron suplantados por los Araucanos provenientes de Chile.

Los Guenaken o Tehuelches ocupaban el Norte de la región Patagónica; los Patagones o Chonecas el Sur y los Onas se ubicaban en Tierra del Fuego.


Los distintos grupos indígenas habitantes de esta zona tenían características comunes. Cazaban liebres, zorros, ñandúes y también pescaban especialmente los Onas. Vivían agrupados en familias extensas que componían grupos de un centenar de individuos liderados por un cacique.

Pueblos Indígenas de la Zona de Neuquén


La cultura Pehuenche estaba instalada en Neuquén, vivían de la caza y la recolección, estaban agrupados en bandas formadas por familias y creían en un ser supremo que moraba más allá del mar.

Los pehuenches situados del lado argentino de la cordillera de los Andes, hablaban inicialmente una lengua emparentada con la de los tehuelches. En un juicio realizado en Mendoza 1668 por robo de caballos, los indígenas pehuenches que estaban siendo juzgados no hablaban mapuche sino una lengua desconocida que pudo ser entendida por un segundo traductor.

En el siglo XIX los pehuenches fueron "araucanizados" y hablaban ya el mapudungun, la lengua de los mapuches, porque eran intermediarios en el comercio entre los araucanos del otro lado de los Andes y los únicos que conocían los pasos cordilleranos y los controlaban hasta que fueron avasallados por los araucanos. Los artículos de comercio que ofrecían los pehuenches eran caballos, ovejas y sal.

Retrato ecuestre de un cacique pehuenche araucanizado,
de Johann Moritz Rugendas, alrededor de 1842.

Pueblos Indígenas de la Zona del Chaco


En el Chaco, Formosa, norte de Santa Fé, noreste de Santiago del Estero y este de Salta; habitaron los Tobas, Mocovíes y los Abipones. El total de la cultura recibe el nombre genérico de un subgrupo, se los denomina Guaycurúes. Son de origen patagónico, fornidos de gran estatura y dentadura perfecta. Vestían mocasines y manto de pieles al uso de los Patagones.

Los Abipones, que luego se extinguieron, habitaban en la ribera Norte del Río Bermejo inferior. Los Tobas y Pilagaes ocupaban parte de Formosa. Los Mocovíes vivían en la frontera del antiguo Tucumán. 


Los pueblos Guaycurúes recibieron influencias de los usos y costumbres de los pueblos circundantes y luego de los españoles, pero lucharon para no someterse al conquistador. A principios del Siglo XVIII adoptaron de los Españoles el caballo y lucharon activamente contra la dominación española, asediando las ciudades como Concepción del Bermejo y estancias.

Eran básicamente cazadores y recolectores de frutos silvestres, abundantes en la zona. Estaban integrados en un sistema de bandas lideradas por un cacique. Las familias eran monógamas pero a los jefes les estaba permitido la poligamia. Creían en un ser supremo, creador del mundo. Otros grandes grupos culturales de esta región eran los Mataco-Mataguayo, los Chiriguanos y los Chané.

Pueblos Indígenas de la Región del Litoral y Mesopotamia


La cultura Guaraní fue la predominante de esta zona. Eran sedentarios y agricultores. Cultivaban sus parcelas durante un par de años, cuando se agotaba la tierra, trasladaban la aldea a otra parte. Vivían en grandes casas donde se alojaban varias familias. Creían en un paraíso perdido al que regresarían algún día, guiados por un Chaman o Mesías. Habitaban la zona también los Chaná-Timbú, los Caingang y los Charruas.

Pescador litoraleño.







video
"Los indios de ahora" (chacarera - Peteco Carabajal)



Pueblos Indígenas del Noroeste

 
 

Diaguitas

 

Descripción

 
Diaguita es la denominación quechua con etimología aymara, que quiere decir "serrano" impuesta por los incas y tomada luego por los españoles, a un conjunto de poblaciones unidas por una lengua común: kakán.

No solo la lengua daba homegenidad a las comunidades, sus aspectos raciales, organización social - económica y cosmovisión, definía un único ente cultural.

Habitaban los cerros y valles del noroeste argentino, en las provincias de Salta, Tucumán, Catamarca, La Rioja y norte de San Juan. En Chile, los valles transversales de Norte Chico.

Las culturas agroalfareras tardías Santa María (Salta, Tucumán), Belén (Catamarca) y Sanagasta o Angualasto (La Rioja y San Juan), fueron el gran conjunto protohistórico de los pueblos Diaguitas.

En los dos valles más grandes, el de Hualfín y el Calchaquí, se encuentran evidencias de mayor desarrollo tecnológico, y unidades políticas más amplias y fuertes. En el resto del área el grado de segmentación política se acentúa, a medida que las condiciones ambientales son más desfavorables.

Hacia fines del siglo XV llegaron los Incas, penetraron por las vías naturales que fueron transformadas en caminos de acceso, comunicando al Cuzco con Bolivia, Argentina y Chile, desparramando a su paso tradicionales estructuras: “tambos” y “pucarás”. Introdujeron la lengua quechua y establecieron los mitimaes incas (familias separadas de sus comunidades y trasladadas de pueblos leales a conquistados o viceversa), afectando los conjuntos étnicos.

Guerrero diaguita.


Los españoles comenzaron a llegar desde Perú, a partir de 1550 buscando asegurar la comunicación con los Andes centrales. La cultura diaguita que era guerrera, opuso una feroz resistencia en la que participó la comunidad entera. Las "Guerras Calchaquíes" se extendieron por más de un siglo:
 
Guerras Calchaquíes
NúmeroPeríodoLíder
Primera1560 - 1563Juan Calchaquí
Segunda1630 - 1637Chalimín
Tercera1658 - 1667Pedro Bohórquez

Finalizados los hechos bélicos, los españoles implementaron la encomienda y el destierro como medios de aculturación.

A principios del siglo XX, una nueva etnia: los Collas, síntesis de los pueblos originarios de lugar, continúa portando las tradicionales formas de vida andina.

Las numerosas parcialidades históricas son conocidas por nombres que eran la extensión del de su curaca (cacique) o de la región que habitaban.


Aspecto físico y Vestimenta


Las crónicas los describen musculosos, de piel tostada y cabellos negros, medían entre 1,65 y 1,70 metros. Alegres y amables solían pintarse el rostro con líneas y triángulos negros alrededor de los ojos.

Su vestimenta constaba de una camisa de algodón o lana de llama que llegaba por debajo de la rodilla y en ocasiones se lo ceñían en la cintura. A veces sobre ella llevaban un poncho y en la cabeza un gorro. Calzaban ushutas, sandalias de cuero con cordeles de lana o cuero.

Con la típica camiseta andina,
arco y flecha.

También usaban vinchas, prendedores, aros y coloridas pecheras, de plumas, huesos, piedras y metales.


Manutención


Eran agricultores sedentarios, poseedores de irrigación artificial, sobre andenes de cultivo producían maíz, zapallo y porotos.

Criaron llamas y guanacos, de los que obtuvieron carne y lana lo que les permitía alimentarse y realizar tejidos de excelente calidad.

Recolectaban futos, cuyos excedentes almacenaban en depósitos subterráneos. Con la algarroba preparaban el patay y alhoja.

Los de las costas del Pacífico chileno usaban balsas de cuero de lobo con las que desarrollaban actividades de pesca en alta mar.
 


Vivienda


Hubo viviendas fabricadas con material ligero de origen vegetal. Entre ellas se destacaban la "ramada o casa grande" del jefe; en algunos casos se disponían apretujadas, las crónicas señalaban que "estaban muy espesas".

Las más desarrolladas eran rectangulares de varias habitaciones comunicadas entre sí, sin ventanas y con angostas puertas para su salida al exterior. Los muros eran pircados (superposición de piedras), el techo era de paja o "torta" (mezcla de paja, ramas y barro). Así desarrollaron poblados como los de Quilmes, La Paya o Tolombón.

En el período incaico, se desarrollaron los pucarás, ciudades-fortaleza ubicadas en lugares de difícil acceso.
 
Mujer diaguita.


Piezas de colección


Mujer y guerrero diaguita, confeccionados en aleación metálica y escala 1/35 (54 mm) por Miguel Escalante Galain: http://miguelesmodemil.blogspot.com.ar/
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Collas 

 

Descripción

 
También llamados Coyas, Kollas, o Qoyas.

Desparramados en cientos de poblados y caseríos de la Puna, la quebrada de Humahuaca y parte de los Valles Calchaquíes, a principios del siglo XX se desarrolla una nueva etnia: los Collas, síntesis de Diaguitas, Omaguacas, Apatamas, grupos de origen Quechua y Aimará procedentes de Bolivia, cuantitativamente más numerosos y parte de la masa mestiza no integrada en los centros urbanos.

Perdieron su organización comunitaria original y su núcleo, la familia extensa; tecnología sustantivas como la cerámica fueron expulsadas de la memoria colectiva; su religión fue penetrada por el catolicismo; ya no visten como antes, salvo en poncho y ojotas y tampoco cazan.

Sin embargo, los collas son los auténticos portadores de la tradicional forma de vida andina, a través del mantenimiento de muchos patrones culturales como la economía pastoril de altura, y agrícola de papa y maíz; la recolección de algarroba y sal; la construcción de viviendas; la medicina tradicional y las técnicas de adivinación; los instrumentos musicales erques, quenas, pinkullo, sikus y cajas; el culto a la Pachamama e innumerables creencias, rituales y practicas sociales.


Ritmos y danzas típicos de los collas, como el carnavalito, han sido incorporados al folclore argentino.
De la misma manera sus instrumentos musicales como la quena, anata, siku, erkencho, erke y charango.
 
La penetración de los Incas hacia fines del siglo XV, comenzó la aculturación de los pueblos nativos del noroeste argentino. Instalaron sus tradicionales estructuras de asentamientos: tambos y pucarás, e introdujeron la lengua quechua que estaba tan generalizada en tiempos de la colonia que la Declaración de la Independencia argentina fue también redactada y publicada en quechua.

A mediados del siglo XVI, llegan los españoles que completaron el proceso con la implementación de la encomienda y el destierro.

La cultura colla resultante no es estrictamente indígena sino mestiza, lo cual de todas maneras nos permite ubicarla en el campo aborigen, no sólo por su historia cultural sino por su inserción en el contexto regional y nacional.

En la actualidad ocupan territorios en las provincias de Jujuy y Salta. No tienen tierra propia. Algunos ocupan tierras fiscales sin títulos o como arrendatarios y cuidadores de ganado ajeno. Otros viven en las villas periféricas de las ciudades.

La vestimenta característica de los hombres era la túnica colorida hasta las rodillas, sin mangas, el pecho y la cintura decorados con franjas y un taparrabos como prenda íntima. Las mujeres usaban una túnica que les envolvía el cuerpo desde las axilas hasta el tobillo, con la simpleza de un corte rectangular que sujetaban de los hombros y ceñían a la cintura con el chumbi, una faja adornada. Tanto ellos como ellas se calzaban con ojotas.


Mujer  con su niño.
 

Cosmogonía


El culto a la Pachamama e innumerables creencias, rituales y practicas sociales han pervivido. La religiosidad ancestral, lejos de ser dominada por las religiones tradicionales, convive con ellas resultando la "religiosidad popular".

La vida es el valor supremo para el andino, todo tiene vida y personalidad: seres humanos, animales, plantas, piedras, el agua de los ríos, los cerros y los fenómenos climáticos, sol, luna y estrellas. Es el valor último y supremo: vida compartida, universal, recibida como regalo por gozar y como tarea por criar, compartir y transmitir. El respeto a la vida, su crianza con cariño y dedicación es, en resumen, la máxima de la ética andina. De esto se ocupa el agricultor, el pastor, el pescador andino; y también la madre y el chamán.

"El hombre es tierra que anda", dice un proverbio coya. La cultura crece con la naturaleza, y no contra ella. La Pachamama es la Madre universal, la que da vida a todos estos seres, los cría. Y también se deja criar por ellos.

Casa de piedra, típica vivienda colla.
 

Ceremonias

  • Flechada: para alejar el mal de las viviendas recién inauguradas.
  • Señalada: de cabras y ovejas, a las que cortan las orejas con diseños que sirvan para identificarlas y la marcada a fuego de vacas y caballos.
  • Minga: En los tiempos de siembra, cada comensal entierra una ofrenda de comida antes de esparcir las semillas.
  • Enfloración: Las flores son pompones de lana de vivos colores en la ropa y sombreros de los invitados y en las orejas de los animales. Se convida con asado, queso, chicha, coca, vino y cigarrillos. Se baila toda la noche entre copleadas con versos amorosos y picarescos.
  • Manca Fiesta: o "Fiesta de la Olla", feria donde se intercambian productos y se establecen vínculos sociales.
  • Culto a la Pachamama: Toda la naturaleza es el templo de la Pachamama, pero las apachetas (montículos artificiales de piedras) conforman los centros principales de su culto. El 1º de agosto se celebra el día de la Madre Tierra. El día previo es el de "la llamada", cuando se sahúman casas, corrales y huertos para alejar a los malos espíritus. Ese día hay mucho por hacer: herrar a los caballos, marcar el ganado y señalar a las ovejas con lanas de colores. Por la tarde en un pozo se ofrenda a la Pachamama lo que ésta ha producido: maíz, hojas de coca, frutas, y parte de la comida preparada para la ocasión. La fiesta, con canto y baile, dura hasta el amanecer.
  • Día de las Almas: Mezcla de ceremonia católica con cultos ancestrales, el festejo del "Día de las Almas" se inicia el 1º de noviembre y se celebra entre dos o tres familias. Por la mañana se preparan los platos favoritos de los difuntos. Por la tarde, todos se visten con sus ropas típicas y van al cementerio a visitar a sus seres queridos, en cuyas tumbas encienden velas, dejan coronas de flores silvestres y rezan oraciones. Pasan esa noche despiertos, rezando. Al amanecer se "despacha a las almitas": se cava un pozo en el fondo de la casa, se entierra parte de la comida y se brindan reverencias y oraciones. Lo que queda se reparte casa por casa. Por la tarde se come lo recibido y se festeja con música y bailes, los mayores con danzas y ritmos tradicionales, los jóvenes aparte con melodías modernas.
No suelen celebrar las fechas patrias, ni Navidad o Reyes, rara vez su cumpleaños.
 

Piezas de colección

 




 






 

Pueblos Indígenas de las Sierras



Comechingones

 

Descripciones


Cuando Diego de Rojas realizó la primera incursión española en nuestro actual territorio, proveniente del Perú, llevaba consigo a un cronista llamado Diego Fernández, conocido como El Palentino (por haber nacido en Palencia). Este nos cuenta que los indios hallados en las sierras cordobesas en 1543 eran "morenos, altos, con barbas como los cristianos". Se había topado con los comechingones de Córdoba, otro de los pueblos de etnia huárpida que habitaban nuestro actual territorio. Los demás cronistas coinciden en la gran pilosidad de estos indígenas (es una característica de la etnia huárpida), pilosidad que no hallaban en otros grupos de nuestra América.

Los comechingones eran de alta estatura y de mayor pilosidad y pigmentación que otros indios, de cabeza alargada y muy alta, ya que se deformaban el cráneo como recurso estético.

Comechingón de Córdoba del grupo huárpido. 

La economía comechingona tenía una base mixta. Por un lado se basaba en el cultivo del suelo, y por otro en la caza y la recolección de frutos silvestres. En una relación anónima de 1573 se expresaba que conocían el cultivo de la tierra y que criaban llamas. Sembraban maíz, porotos, zapallo y quinoa.

La actividad agrícola se veía complementada con la caza y la recolección. Las principales presas de caza eran los guanacos, liebres y ciervos que en aquellas épocas abundaban en la región. Las frutas del algarrobo y chañar le daban más vida al menú comechingón. Para tratar los granos, o sea, molerlos, los comechingones disponían de morteros fijos excavados en las rocas de la sierra.

Los comechingones llamaron "casas de piedra" a los aleros y cuevas que naturalmente tienen las sierras. Sirvieron como refugio temporario, como reparo entre la cacería y la recolección, o cuando se sintieron perseguidos en tiempos de la colonia.


Telar comechingón.

La verdadera casa comechingón estaba cavada en la tierra, a metro y medio de hondo, algunas aun más. El techo se sostenía con ramas a las que cubrían con paja que apenas sobresalía, confundiéndose con el paisaje. Una sola abertura grande daba acceso a la pieza donde se podía guarecer una familia. Era de forma rectangular, con el hueco de la puerta cubierto con ramas espinosas a modo de defensa de los animales.

El vestido comechingón consistía en camiseta andina y manta. Estas prendas demuestran la influencia andina y eran, por lo general, de lana de los camélidos americanos que criaban los indígenas en grandes cantidades. La indumentaria se completaba con tocados y numerosos adornos para los guerreros. Una vincha en la cabeza era prenda común, con un colgante hacia la cara.

El vestido de las mujeres era un delantal de cuero o también falda. Las hacían con flecos y chaquiras en guardas. Las estatuillas encontradas tienen dibujadas esta vestimenta. Usaban collares de tiras de cuero adornadas de colgantes y piedras.

Alfarero comechingón.

La cerámica no tenía gran desarrollo y era de características más bien primitivas, sencillas y muy escasas. La mayor parte de los restos encontrados es lisa y la decoración, cuando existe, es simple y de carácter geométrico.



Piezas de colección


Hombre, mujer y guerrero comechingones, confeccionados en aleación metálica y escala 54 mm por Osvaldo Verón: MSminiaturas







Pueblos Indígenas de la Zona de Cuyo




Pueblos Indígenas de la Región Pampeana y Patagónica



Pampas

 

Descripción


Pampas fue la denominación que dieron los españoles a diferentes etnias aborígenes que poblaban la pampa. Los pampas propiamente dichos se habrían denominado het (divididos en varios grupos: taluhet, chechehet, diuihet), tehuelches septentrionales que habitaban el sur de la actual Provincia de Buenos Aires. Todos estos pueblos pertenecían al conjunto pámpido, mientras que en el siglo XIX se aplicó también el nombre «pampas» a grupos araucanizados que procederían del mestizaje de het, gününa küne y araucanos.

El nombre es un vocablo quechua, hibridado con el plural castellano que los españoles dieron a los indígenas que poblaban La Pampa y, con más acotación, a los que habitaron la región pampeana de las actuales provincias argentinas de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y San Luis.

En quechua, el término pampa (o bamba) significa llanura, en especial llanura entre montañas. De esta forma, los españoles que bajaron en el siglo XVI desde la región andina llamaron así a las grandes llanuras sin forestas importantes que existen en el centro del Cono Sur (por metonimia, así también llamaron a los aborígenes que en ellas habitaban, los pampas). El uso de este término puede dar lugar al equívoco de creer que su idioma era el quechua. No se conoce bien la lengua de los «pampas antiguos», aunque algunas palabras de los querandíes sugieren que podría haber sido similar al idioma puelche, y los del siglo XIX utilizaban dialectos del mapudungun.

Por su parte, puelche ("gente del este"), es el nombre que utilizaban los mapuches para nombrar a las comunidades que habitaban esa geografía.

Es así que se suele hablar de «pampas antiguos» y «pampas del siglo XIX». Los primeros corresponden a los het, en tanto que los segundos o «pampas del siglo XIX» corresponden al grupo «araucanizado» de supervivientes de los het mezclados con los tehuelches septentrionales, y estos, a su vez, con los araucanos. Por esto, la denominación «pampas del siglo XIX» corresponde en gran medida a los llamados durante ese siglo también puelches y, en particular, a los rankülches, o lo que es igual, ranqueles.

Grupos pre-araucanos (Het). Clasificación de Thomas Falkner
TaluhetsEste del río Desaguadero, al norte de la llanura en la zona más húmeda. En esta división se incluyen a los Querandíes.
DiuihetsAl oeste, en las zonas más secas.
ChechehetsRegión este de los ríos Colorado y Negro.
LeuvuchesRegión oeste de los ríos Colorado y Negro.
Grupos post-araucanos "Pampas del siglo XIX"
Al comienzo, los Araucanos constituyeron núcleos aislados, a veces rivales, pero una vez dominado el territorio, se unieron. No formaron una nación con un jefe único, pero se distinguían los siguientes grupos:
VorogasParcialidad mapuche originaria de la zona comprendida entre los ríos Cautin y Toltén. Hacia 1825, llegaron a Argentina; tras malonear en el sur de Mendoza, San Luis, Córdoba, Santa Fe y el oeste de Buenos Aires, se asentaron en la zona de Salinas Grandes (La Pampa), Guaminí y Carhué (Buenos Aires).
RanquelesSu filiación cultural se entronca con la del grupo Pehuenche, que para la época de su migración (fines del siglo XVIII) se encontraban fuertemente araucanizados. Se establecieron entre los ríos Quinto (sur de Córdoba y San Luis) y Colorado (sur de La Pampa), su centro más importante fue Leubucó (norte de La Pampa).
PuelchesOcuparon la parte de la cordillera y el espacio que media entre el norte del río Diamante y el Limay por el sur.

En azul los Het (Pampas antiguos). Según la clasificación de Thomas Falkner.
En rojo, a principios del siglo XIX, los grupos araucanos consolidados.

Los pampas antiguos eran del tipo racial "pámpido", altos y de muy buena complexión atlética.

Solían pintar su rostro y cuerpo de diferentes colores; en invierno vestían el manto patagónico ("quillango"). Algunas parcialidades cubrían su cuerpo con arcilla mezclada con hierbas como defensa del sol y los mosquitos.

Cazadores nómades de venados, ñandúes y guanacos. Eran grandes caminadores, antes de la utilización del caballo, la captura la realizaban a pie hasta cansar al animal, pasando en ello dos o tres días sin parar; no tomaban agua ni comían, sólo bebían la sangre de los animales que obtenían.

Indios pampas (año 1828). Obsérvese el uso de las boleadoras.

El padre Alonso de Ovalle que atravesó en dos ocasiones la llanura pampeana, describió su nomadismo: 
"...juzgan por el mayor bien de todos el absoluto y libre albedrío: Vivir hoy en este lugar, mañana en el otro, ahora me da gusto gozar de la rivera y frescura de este río y en cansándome de él paso a otro, quiero vivir un poco en los bosques y soledades, y dándome el gusto sus sombras salgo a los alegres prados y valles, aquí me entretiene la caza, allá la pesca, aquí gozo de la fruta que lleva esta tierra y en acabándoseme me paso a otra, donde comienzan a madurar los que ella lleva, voy donde quiero sin dejar en ninguna parte prenda que me tire, que suelen ser espinas que de lejos atormenta, no temo malas nuevas porque no dejo atrás cosa que pueda perder, conmigo lo llevo todo, y con mi mujer y mis hijos, que me siguen donde voy no me falta nada".
Vivían formando grupos organizados que obedecían a jefes y caciques. La vivienda de los pampas antiguos era el típico toldo de llanura, realizado con ramas; que persistió en siglos posteriores incorporando el cuero.

Toldo pampa hecho con cueros.

Ovalle también relató como prendían fuego a los pajonales cuando en ellos había mucha langosta y así la tostaban. Luego la molían y hacían con su pasta una especie de pan. Preparaban bebidas fermentadas y usaban el cebil masticando sus hojas, como en el altiplano la coca. Recolectaban frutos y semillas, que también molían para hacer harina.

Trabajaban la piedra y desarrollaron la alfarería. Como armas fabricaban boleadoras, arcos y flechas.

A principios del siglo XIX, la población pampa que hasta entonces dominara en la inmensa llanura comenzó a desaparecer, siendo reemplazada por otra de caracteres distintos y de estirpe Araucana o Mapuche. Éstos que buscaron asentar sus tolderías en las lagunas y cañadones anegadizos de las depresiones del tipo de las Salinas Grandes, impusieron su lengua, costumbres y creencias.

Piezas de colección 1


Guerrero pampa a pie, confeccionado por Osvaldo Verón: Msminiaturas

Como vestimenta sólo usa chiripá y botas de potro, llevando el torso desnudo, algo habitual en los indios pampas. Porta como armas lanza y puñal.



Pieza de colección 2


Indio de lanza confeccionado por Osvaldo Verón: MSminiaturas


"Tiemblan las carnes al verlo 
volando al viento la cerda, 
la rienda en la mano izquierda 
y la lanza en la derecha; 
ande enderieza abre brecha 
pues no hay lanzazo que pierda".
("El gaucho Martín Fierro").





Indio pampa "de lanza" (lámina de Eleodoro Marenco).

Pieza de colección 3


Guerrero pampa con coraza de cuero, confeccionado por Osvaldo Verón: MSminiaturas






Pieza de colección 4


Indio pampa lanceando tendido en el costillar, confeccionado por Osvaldo Verón: MSminiaturas

El indio tenía un gran dominio del caballo. Esta forma de ataque lanceando sobre el costillar del corcel lo volvía un blanco difícil para su adversario.

"Tendido en el costillar, 
cimbrando por sobre el brazo 
una lanza como un lazo, 
me atropelló dando gritos: 
si me descuido... El maldito 
me levanta de un lanzazo".
(El gaucho Martín Fierro).




Ilustración de Juan Lamela para una edición de Martín Fierro.

Indio ranquel tendido sobre su caballo. Ilustración de Eleodoro Marenco
para una edición de "Una excursión a los indios ranqueles" (L.V. Mansilla).

Pieza de colección 5


Indio pampa con boleadoras confeccionado por Osvaldo Verón: MSminiaturas

Las bolas de boleadoras son típicas de la cultura lítita pampeana. El material más empleado fueron las rocas duras, del tipo de la dorita y del granito, provenientes de las sierras del Tandil y Olavarría. Eran ideales para la caza de pumas, guanacos, avestruces, etc. También eran un arma temible en manos experientadas.




Caza del ñandú con boleadoras.

Pieza de colección 6


Indio pampa boleando tendido sobre el costillar de su montura, confeccionado por Osvaldo Verón: MSminiaturas

Como queda claro en el Martín Fierro, las boleadoras eran también un arma letal.






Pieza de colección 7


Indio pampa lanzando una "bola perdida", confeccionado por Osvaldo Verón: MSminiaturas

"Sabe manejar las bolas 
como naides las maneja; 
cuanto el contrario se aleja, 
manda una bola perdida, 
y si lo alcanza, sin vida 
es siguro que lo deja".
(El gaucho Martín Fierro)














Tehuelches


Descripción


Los Tehuelches (o Patagones) vivían en la region sur de Neuquén, principalmente y en toda la Patagonia. Mientras tanto, entre el río Santa Cruz y el estrecho de Magallanes vivían los Onas, otra rama de los tehuelches.

En tiempos remotos, los Patagones fueron cazadores y convivieron con fauna actualmente extinguida como el famoso milodon y el caballo enano.

Se puede distinguir entre los Aonikenk (Tehuelche Meridionales) y los Günün-A-Küna (Tehuelche Septentrionales).

El vocablo "tehuelche" es de origen mapuche y significa "gente bravía".

Los Patagones vivieron de la caza del avestruz y del guanaco, como así también de la liebre y en general de la fauna que ofrecía natural y generosamente el territorio. Los instrumentos que empleaban para cazarlos eran el arco y la flecha. Aprovechaban el animal íntegramente. Consumían su carne y su piel con la que confeccionaban la vestimenta y los toldos en los que vivían. Al principio fueron nómades. Se desplazaban en grupos que no superaban las 100 personas, bajo la conducción de un jefe. Mas tarde realizaron sus primeros asentamientos dedicándose a la agricultura y a la confección de telares.


Los hombres blancos introdujeron el ganado vacuno y el caballo. Esto provocó cambios en su cultura. Comenzaron a consumir la carne de estos animales, aprendieron a montar y manejar con habilidad al caballo. El desplazamiento por el territorio se hizo con mayor facilidad y les permitió avanzar más hacia el norte. La piel de caballo y las plumas de avestruces eran, también, objeto de trueque.

También se dedicaban a la pesca y la recolección de raíces, semillas -con las que hacían harinas- y mariscos.

Siempre mantuvieron una relación cordial con el hombre blanco.

Tras la llegada de los mapuches, que venían a robar ganado y a saquear los asentamientos tanto tehuelches como de los primero criollos o españoles, se intensificó el uso de la boleadora, que con el caballo resultó más efectiva para la caza.

Tehuelches cazando pumas y guanacos

Los Patagones, indios de nuestra Patagonia, preparaban bebidas con jugos de plantas no fermentados.

Su vestimenta fue básicamente de piel, y utilizaban adornos, pinturas y plumas. La vestimenta era el manto de pieles pintado usado con el pelo hacia el interior. Utilizaban unas vinchas en la cabeza, llamadas "cochel" de lana o algodón; diademas de plumas; y pintura blanca en el pelo largo, dispuesto a llevar con él las flechas.

La vivienda Tehuelche, estaba constituida por el paravientos de cuero y el toldo, que tenían una división entre áreas de mujeres y de varones. El toldo es una adopción posterior de los pueblos pampeanos, pues los más antiguos patagones utilizaban sólo paravientos.


Mas tarde modificaron al toldo en cuanto al tamaño, ampliándolo. Se sostenía con palos decrecientes hacia atrás y se cerraba con una cortina de cuero por delante.

La sociedad tehuelche estaba organizada por clanes y familas, polígamas en la medida de las posibilidades económicas, pues el matrimonio se efectuaba por compra. Se formaron cacicatos con territorios delimitados. Los jóvenes, alrededor de los veinte años se incorporaban a los guerreros. Los viejos, hombres y mujeres, se dedicaban a la medicina y hechicería, curando a los enfermos con procedimientos de magia. Los muertos eran enterrados en posición extendida en la cima de las colinas, cubriéndolos con piedras; estas tumbas se llamaban "chenques". Una vez muerta una persona, se prohibía pronunciar el nombre del muerto.

En su religión, aparece un ser supremo y un ser maligno (Setebos ó Kóoch y Elel ó El lal), junto con una multitud de dioses, comprendiendo el Sol, la Luna, Las Nubes, etc.; en torno a los cuales había una rica mitología. Se celebraba con fiestas la pubertad de las muchachas, y los patagones del sur tenían sociedades secretas. Existieron los hechiceros como intermediarios divinos y como curanderos.

Los tehuelches se destacaron por su buena relación con los españoles y criollos; fueron comedidos, dóciles y serviciales. Se mostraron solidarios con los navegantes y los colonos galeses. Poseían un gran sentido de hospitalidad y camaradería. Fueron gente de paz, tal como lo documentan Viedma, Musters, Moyano y Moreno.

Patagones y aucas en trajes de guerra (litografía de Lasalle).
Puede apreciarse un intercambio comercial en el fuerte de Patagones.


Piezas de colección 1 y 2




Guerreros tehuelches  confeccionados por Osvaldo Verón: MSminiaturas

Lucen sus típicos "quillangos". Uno va armado con lanza y el otro con arco y puñal largo.






 
Hombre y mujer tehuelches.
 

Pieza de colección 3


Mujer tehuelche montada, transportando su toldería, confeccionada por Osvaldo Verón:  MSminiaturas

Podemos observar varios detalles, como la altura de la montura confeccionada con mantas, el sombrero utilizado por la mujer, o el niño que transporta a sus espaldas.







Mujer tehuelche en su típica montura alta.

Mujer tehuelche con sombrero.

Familia tehuelche mudando su toldería.





Cacique Chocorí


Descripción


Chocorí fue un lonco (cacique) de la Patagonia argentina que dominó a los manzaneros, ubicados en gran parte del territorio de la actual provincia de Río Negro entre los ríos Colorado, Negro y Limay y las proximidades de Bahía Blanca y la sierra de la Ventana en la provincia de Buenos Aires durante las primeras décadas del siglo XIX, fijando su campamento en la isla Grande de Choele Choel.

Se desconoce si era tehuelche o mapuche originario de la Araucanía y tampoco se sabe su año de nacimiento, que se supone entre la última década del siglo XVIII y la primera del siglo XIX.

En 1821 un malón de moluches al mando del cacique Chocorí, apoyados por tropas regulares de Chile, provistas además de artillería, derrotó a 1.800 guerreros tehuelches, muriendo dos de sus principales caciques que lucharon con coraje, Ojo Lindo y Anapilco. La toma del control del vado de Choele-Choel fue fundamental para el control de los arreos de ganado robado con destino a Chile. Previamente, los tehuelches ya habían sido derrotados en Languiñeo ("Lugar de muchos muertos"), Barrancas Blancas, Río Senguer, y Shótel Naike (Chubut). Luego de vencer a los autóctonos, el pueblo araucano fue avanzando sobre el territorio argentino.

Chocorí tenía bajo su mando a 2.000 guerreros araucanos y luego de vencer a los tehuelches se asentó en la isla de Choele-Choel desde donde se iniciaban todos sus malones. Aliado de los boroanos, acosó constantemente a las poblaciones fronterizas y por la ubicación central de su territorio, pasaban por él las rastrilladas de ganado robado que se dirigían a Chile (Camino de los chilenos), por lo que Juan Manuel de Rosas lo consideraba un bandolero y dirigió su campaña al desierto principalmente contra él, a quien hizo desalojar de la isla Choele Choel por el general Ángel Pacheco con 600 soldados, 

Realizó numerosos asaltos a Carmen de Patagones, Bahía Blanca y poblaciones menores del sur de Buenos Aires. Para saquear se asoció a otros caciques como Catrirén, Maullín, Velocurá y Lupil. Una columna del ejército de Juan Manuel de Rosas, encargada de subyugar a los caciques rebeldes, persiguió hasta la cordillera a la tropa de Chocorí, quien fue sorprendido en su campamento y debió huir despavorido. Huyó hacia el oeste en compañía de los caciques Velocurá y Lupil. Chocorí murió en 1834, en un enfrentamiento con las tropas del coronel Francisco Sosa, destacadas para perseguirlo, perteneciente a la columna del este de la Primera Campaña al Desierto comandada por el general Ángel Pacheco (granadero de San Martín en San Lorenzo, Chacabuco y Maipú).

video
La coraza que perteneció al cacique Chocorí, un traje coraza de uso común entre los caciques araucanos, 
confeccionado con siete cueros de guanaco (Museo de Ciencias Naturales UNLP, La Plata).


Le sucedió como jefe del País de las Manzanas su hijo Valentín Sayhueque, de madre tehuelche, nacido en 1818 en la actual provincia del Neuquén.

Pieza de colección


Cacique Chocorí confeccionado en escala 54 mm por Osvaldo Verón:  http://www.msminiaturas.com.ar/

Va montado, armado con una larga lanza que podía superar los 4 metros y vistiendo su famosa coraza confeccionado con 7 cueros de guanacos curtidos.








Araucanos


Descripción


Los araucanos representaron el último de los pueblos indígenas radicados en nuestro actual territorio. Esa inmigración de elementos araucanos procedentes de Chile produjo un proceso de cambio y sustitución de pueblos en nuestras grandes llanuras y en la Patagonia. Tal proceso se conoce con el nombre de araucanización.

Los araucanos o mapuches –como ellos mismos se llamaban– eran la población autóctona de la actual República de Chile. Cuando la conquista española comenzó a penetrar por el norte de su territorio, los araucanos se fueron refugiando al sur del río Bío-Bío, ofreciendo una gran resistencia a los conquistadores. Tal resistencia perduró durante toda la época colonial y durante varias décadas del Chile independiente. Asimismo, los araucanos asimilaron numerosos elementos culturales de los españoles, en especial el caballo y ciertas artes bélicas.

"El joven Lautaro" (Pedro Subercaseaux).
 El cuadro de Subercaseaux resume perfectamente la asimilación de las armas y tácticas españolas
 por parte de los araucanos. Vemos en el centro a Lautaro, vencedor de los españoles, sosteniendo un corcel negro.
Otros araucanos también montan a caballo, uno luce un casco de acero español, un joven lleva una trompeta de órdenes,
 mientras que otro grupo examina un cañón. A los pies del vencedor, se amontonan armas de fuego y de acero españolas. 

Desde el sur de Chile comenzó la araucanización de gran parte de nuestro territorio. Los primeros indios de nuestros país que sufrieron el avance y la influencia araucana fueron los pehuenches. Para mantener su guerra con los españoles, los mapuches necesitaban caballos, animales que abundaban en las llanuras argentinas. Tal abundancia se debía a la libre reproducción producida a partir de los equinos abandonados en la Pampa luego del despoblamiento de Buenos Aires en 1541. Por dicha razón muy pronto se produjo un intenso intercambio entre ambos lados de la Cordillera de los Andes: los Antiguos Pampas daban caballos, los Mapuches mantas tejidas, mientras que los Pehuenches  servían de intermediarios.

A partir del inicio del siglo XVIII la expansión araucana se hizo más firme y se extendió hacia el éste, en dirección de la Pampa. En los hechos, ya a partir de la segunda mitad del siglo XVII se comenzaron a notar influencias mapuches entre los Antiguos Pampas. Siguiendo el ejemplo de los araucanos habían ya adoptado el caballo y usaban lanzas como los Mapuches (estas armas recibidas de Chile a cambio de caballos).

Los primeros indicios de Mapuches en nuestra Pampa los encontramos en un relato colonial de 1708 donde se informa sobre la concentración de indios de distinto origen en un lugar cercano a Villa Mercedes (San Luis). Según ciertas declaraciones, en tal reunión participaron los aucaes, que era la forma en que se denominaba en aquella época a los araucanos.


Araucanos o mapuches.

Al año siguiente, en 1709, una partida que salió de Buenos Aires rumbo a las Salinas Grandes (sudoeste de la actual provincia de Buenos Aires), encontró en la región a "muchos indios aucaes" que arriaban grandes rebaños hacia la región cordillerana.

Lentamente, en toda la región pampeana se fue extendiendo el araucano como lengua. Hacia las últimas décadas del siglo XVIII ya podemos considerar que la Pampa y gran parte de la Patagonia estaba totalmente araucanizada.

El padre jesuita Tomas Falkner en su Descripción de la Patagonia (1774) reconoce cuatro grupos de indios araucanos o "araucanizados" principales: picunches, pehuenches, huliches y pehuelches.

Los araucanos en nuestro país fueron constituyendo diversos grupos que a veces eran rivales entre sí. Uno de esos grupos era el de los Pehuenches (totalmente asimilados por los araucanos), que habitaban el espacio cordillerano y el que media entre el río Diamante y el Limay, siendo el Salado su frontera oriental.

Al este del Salado estaban los Ranqueles, especialmente al sur de la actual provincia de Córdoba y noroeste de Buenos Aires.

Al este y sur de los ranqueles encontramos el Cacicazgo de Salinas Grandes. Este grupo tomó un gran incremento bajo el cacicazgo de los Curá (como los famosos Calfulcurá y Namuncurá).


El cuarto grupo de araucanos argentino es el denominado "de las manzanas", que habitaban al sur del Neuquén. A partir de este asentamiento dominaron a los Guënaken y luego de recias luchas con los Tehuelches, los vencieron hacia 1820 y dominaron la mayor parte de la Patogonia.

Loa araucanos "argentinos" eran una mezcla de etnias. Poseían las características de los mapuches (de tronco étnico Ándido), mezclada con húarpidos y patagónidos. En consecuencia formaron un grupo étnico distinto a la de los araucanos "chilenos", quienes mantuvieron sus características ándidas.

En el aspecto económico, los araucanos "argentinos" mantuvieron muy poca vinculación con sus hermanos "chilenos". Mientras éstos eran grandes cultivadores de la tierra, los araucanos afincados en nuestro actual territorio vivían fundamentalmente de la caza, la recolección y de la rapiña (fomentada por la gran capacidad bélica de este pueblo ecuestre).

Tampoco la vestimenta era la misma. Los hombres usaban dos mantas. Una que llamaban chamal, la envolvían doblemente a la cintura, sujetándola con una faja angosta. Más tarde esta prenda fue reemplazada por el chiripá. Para montar a caballo utilizaban una segunda manta: el poncho. En las piernas se ponían botas de potro, que adoptaron de los Antiguos Pampas.

Las mujeres llevaban también dos mantas. Con una se envolvían el cuerpo y la otra se la ponían a la espalda a modo de capa.

Mujer araucana con chamal y poncho, usado como capa.

Las armas eran las boleadoras, la honda y la larga lanza araucana de varios metros de largo.

El único elemento cultural que conservaron nuestros araucanos con respecto a sus hermanos chilenos era el tejido y la platería.

Telar mapuche.

 

La guerra india

 
Los principales recursos con que las fuerzas lideradas por el cacique Juan Cafulcurá (ver araucanos, pieza de colección 8) se enfrentaban a los ejércitos del Estado eran la movilidad, un conocimiento acabado del escenario geográfico y un servicio de inteligencia y de comunicaciones que le permitía conocer todo lo que ocurría en la frontera, aún en la política del Estado porteño y en la Confederación en Paraná.
 
La movilidad estaba dada por la caballería ligera que podía operar en grandes distancias con el mínimo apoyo logístico, usufructuando todos los recursos que ofrecían las pampas. Los aborígenes siempre superaron a las fuerzas regulares en el conocimiento del territorio, fuera del circuito de rastrilladas o cada paraje que ofreciera manantiales, pasturas u hoyadas con reparos para acampar. También estaban mejor montados que el ejército y las milicias.
 
Los agrupamientos principales y rebaños estaba cubiertos siempre por un verdadero telón de bomberos o vichadores (ver araucanos, pieza de colección 7) que prevenían rápidamente a todas las tribus del avance de alguna fuerza oponente. Las comunicaciones volaban en la llanura a través de sus portadores, cuya tarea era tan vital que entre los aborígenes existía "convención de que los chasques no debían ser detenidos, obstaculizados, ni agredidos".

Malón de indios (óleo de León Palliere).

Difícilmente las pesadas columnas del Estado, con las tácticas regulares, podían sorprender a las fuerzas principales. Tampoco las guarniciones, poblados y estancias llegaban a enterarse con suficiente antelación cuándo se produciría una invasión a la frontera. Cada tribu, que raramente llegaba a contra con 50 "indios de lanza", era informada en forma oral de dónde sería el punto de reunión para iniciar la incursión. Una vez agrupados en el malón, podían nuclear hasta miles de efectivos.

La única posibilidad de los militares, milicianos y hacendados de oponerse a estas incursiones se daba cuando los indios ya iban de regreso transportando su botín al interior de las pampas. El retraso que generaba la marcha lenta del ganado permitía a los vecinos reagruparse y, a veces, contraatacar recuperando parte del saqueo, fueran cautivos o ganado. Cuando la masa de los indios operaba como arrieros, algunos grupos se retrasaban fingiendo dar una batalla decisiva a los perseguidores, cosa que inusualmente sucedía ya que el objetivo principal era resguardar el producto del malón. Nunca se oponían en un terreno que no hubieran elegido y/o si no estaban en mayoría numérica.

Cuando los enclaves principales de los aborígenes (toldos, zonas de pastoreo, ganados, etc.), eran amenazados por el accionar de tropas del Estado, difícilmente oponían una resistencia decidida, sino que organizaban una acción retardante para permitir al resto de la comunidad levantar sus toldos, reunir la hacienda y replegarse tierra adentro (ver tehuelches, pieza de colección 3). Con ello lograban "alargar" las líneas de comunicaciones y abastecimientos de las fuerzas estatales que, cada vez más lejos de sus bases, quedaban aisladas. El contraataque se producía cuando los militares se retiraban ante la falta de resultados y suministros. La caballería ligera india comenzaba a hostigarlos cortándoles el paso, incendiando campos. Con guerrillas atacaban a las fracciones o individuos que quedaban retrasados. En batalla un objetivo permanente era apoderase de las caballadas de sus oponentes dejándolos de a pie antes de atacarlos, o atraerlos a terrenos donde no pudieran operar con el fin de inmovilizarlos.

El malón (óleo de Mauricio Rugendas).

El golpe de mano era su modalidad casi excluyente. Aislar al oponente y envolverlo, reunir fuerzas rápidamente para caer sobre el punto débil del enemigo o desbandarse para buscar mejor oportunidad de contraatacar era el abecé de su doctrina táctica. Generalmente cargaban en forma muy agresiva utilizando la ventaja de contar con mejores caballos y un extraordinario dominio de la lanza (ver pampas, piezas de colección 2,, 3 y 4; y araucanos, piezas de colección 5 y 6) y las boleadoras (ver pampas, piezas de colección 5, 6 y 7). Aterrorizaban al oponente con sus clásicos gritos de guerra. Evitaban chocar frontalmente con el enemigo, sino que atacaban en una línea de batalla similar a una "U", de manera que cuando el centro contactaba con el frente enemigo, sus alas ya había envuelto los flancos.

Cuando los adversarios contaban con armas de fuego, se les oponían aprovechando el limitado alcance eficaz y la lentitud con que se podían recargar las armas de avancarga de aquel tiempo. Para ello, galopaban a regular distancia de la línea de tiradores y con gritos y gestos los inducían s disparar cuando todavía estaba fuera del alcance óptimo. Una vez que el humo que provocaba el aparatoso mecanismo de los fusiles marcaban el disparo, los indios se precipitaban con sus caballos a toda carrera dando fuertes alaridos, con lo que los fusileros temerosos solían hacer una mala recarga o directamente rompían la línea y se desbandaban. Por esta táctica perdura hasta nuestros días la frase "se vinieron al humo".

El retorno del malón, con ganado y mujeres cautivas
(lámina de Eleodoro Marenco).

 A estos recursos militares Cafulcurá sumaba un arma que dominaba: la diplomacia. Muchas veces ganaba tiempo ofreciendo acuerdos que servían para distraer la atención de las fuerzas del Estado, con los que ocultaba sus verdaderas intenciones de dónde atacaría, ganaba tiempo para dar descanso y reponer a su gente luego del esfuerzo, o bien, permitía que sus arreos llegaran a Chile. El espionaje era otro de los recursos finamente acabados: tenía gente infiltrada en todas las localidades, enviaba comitivas que, con el argumento de comerciar o transmitir mensajes a los comandantes, hacían un exhaustivo trabajo de inteligencia, lo que le permitía estar en conocimiento de la situación de cada guarnición y sus fuerzas. Por más que su accionar militar estaba lejos de las relativas convenciones de caballerosidad de los ejércitos regulares de aquel tiempo, debemos reconocer que el Cacique General Juan Cafulcurá fue un líder militar extraordinario.
 

Piezas de colección 1 y 2



Jefe de tribu y mujer principal.

Jefe de tribu y mujer mapuche (F. Lehmert).

 

Pieza de colección 3


Guerrero araucano a pie, confeccionado por Osvaldo Veron: MSminiaturas




 
Guerrero araucano (ilustración).
 

Pieza de colección 4


Guerrero araucano junto a su caballo, confeccionado por Osvaldo Veron: MSminiaturas




Piezas de colección 5 y 6


Indios araucanos "de lanza", confeccionado por Osvaldo Veron: MSminiaturas

"¡Es de almirar la destreza 
con que la lanza manejan! 
de perseguir nunca dejan, 
y nos traiban apretaos. 
¡si queríamos, de apuraos, 
salirnos por las orejas!".
(El gaucho Martín Fierro).





Indio araucano de lanza (Eleodoro Marenco).

Pieza de colección 7


Indio araucano "bombero", confeccionado por Osvaldo Veron: MSminiaturas

Se denominaba "bomberos" o "vichadores" a los observadores que iban adelante del malón para "bombiar" (espiar) al enemigo y obtener información de sus movimientos. Para ello, se paraban con gran agilidad sobre el lomo del caballo, apoyándose en la lanza.



Indio 'bombero' (Huecuvu Mapu, óleo sobre lienzo, 50x60cm, 1994, Rodolfo Ramos).

Pieza de colección 8


Cacique Cafulcurá confeccionado por Osvaldo Veron: MSminiaturas.

Luce un poncho de piel de jaguar, animal sagrado para los pueblos originarios y símbolo de distinción para este importante líder. Está representado blandiendo la lanza y con el poncho el viento, como cuando arengó a sus tropas previo al decisivo combate de San Carlos. 

Juan Calfucurá o Callvucurá (del mapudungun Kallfükura, "piedra azul"; de kallfü, "azul", y kura, "piedra"; Llaima, o entre Pitrufquén y el lago Colico, Chile, c. siglo XIX - Salinas Grandes, Argentina, 4 de junio de 1873) fue un cacique o lonco mapuche del siglo XIX, de origen moluche, pero cuya actividad militar y política se desarrolló principalmente en Argentina y en las áreas controladas por los pueblos indígenas de la Patagonia oriental.

En 1831 emigró de Chile hacia Argentina para establecer la dinastía de la Piedra. Dirigió una casi independiente república conocida como la Confederación de Salinas Grandes, cerca de Epecuén, Neuquén.

El 8 de septiembre de 1835 con un grupo de doscientos guerreros aplastó sin contemplaciones a los caciques voroganos (de Voroa), que habían llegado a un entendimiento con el gobierno de Buenos Aires y dominaban una parte de la pampa. Tras desalojarlos del territorio, durante más de 40 años, Calfucurá y sus descendientes (la dinastía de los Piedra) impusieron su dominio sobre vastos territorios de las pampas argentinas. Este hombre parecía actuar conforme a un plan político visionario, al servicio de su pueblo. Se deduce de la secuencia de sus acciones ya que creó una Confederación Indígena unificando por la persuasión o la fuerza las voluntades de decenas de caciques y multitud de tribus dispersas. Estableció una capital y un gobierno en Salinas Grandes, lugar de gran valor económico y estratégico, porque significaba el control de la extracción y el comercio de la sal, elemento vital para el procesamiento de cueros y carne.


Cacique Juan Calfulcurá y el emblema de la Confederación de las Salinas Grandes.
 
Creó su propio sello, que usaba en su correspondencia y documentos oficiales. A través de maniobras diplomáticas astutas, combinadas con acciones militares de gran audacia y eficiencia, en las que derrotó varias veces a las unidades del ejército, supo sacar ventajas, apoyando a veces a unos, a veces a otros, de las luchas entre la capital y las provincias, entre federales y unitarios y entre diversas facciones políticas y militares, que caracterizaron la historia del país durante gran parte del siglo XIX.

Luchó del lado de la Confederación en la batalla de Cepeda (1859) y continuó incursionando en las ciudades de la provincia de Buenos Aires hasta que en 1872 juntó a los principales caciques para incursionar en el territorio bonaerense. A poco de iniciado su avance, el 8 de marzo, fue derrotado en la batalla de Pichi Carhué, que provocó la muerte de doscientos indios, mientras que el 8 de mayo el general Rivas condujo una fuerza de 655 soldados del Ejército y 1000 lanceros de las tribus de Catriel y Coliqueo, quienes libraron con Calfucurá la batalla de San Carlos. En este enfrentamiento, donde solamente participaron los indios de ambos bandos, Calfucurá fue derrotado por última vez.
 
Con la derrota de 1872 el gran proyecto de Calfucurá fue finalmente vencido. Pero su nombre aún es recordado por todos los mapuches.

El 3 de junio de 1873, el terror indio de las pampas murió, en su propio toldo en Chilihué, cerca de General Acha en La Pampa. Había llegado a comandar tres mil entrenados guerreros y había sido el jefe de veinte mil indios. Al menos ocho de sus hijos prestaron servicios como oficiales suyos; uno de ellos, Manuel Namuncurá, se convirtió en el nuevo y último líder indígena.
 
 




 

Pieza de colección 9

 
Clarín de Cafulcurá, confeccionado por Osvaldo Verón: MSminiaturas
 
Los araucanos fueron expertos en asimilar la tecnología y las tácticas del hombre blanco. Entre ellas el uso del clarín de órdenes para la caballería araucana.
 


 
 
 
 





Onas (Selk'Nam)

 

Descripción

 
Junto a los haush, formaban el componente insular del Complejo Tehuelche.

Ocupaban casi toda la superficie de Tierra del Fuego, a excepción de la Península Mitre en el sudeste, territorio de los haush; y el extremo sur hábitat de los yámana.


Excavaciones hechas por los arqueólogos demuestran que la Isla Grande fue habitada por pueblos cazadores hace unos nueve mil años. Pero no se sabe cuándo llegaron los selknam. Según sus tradiciones llegaron a pie a la Isla Grande tras la caza de guanacos, cuando aún estaba unida al continente; lo hicieron posteriormente a los haush, a quienes acorralaron en el sudesde.

En un ambiente ecológico similar al de la Patagonia, compartían con esas culturas una misma forma de vida, sustentada por la caza del guanaco y secundariamente patos, cisnes, y recolección de raíces y frutas silvestres. Nómadas por excelencia, marcaban sus huellas de trashumancia de acuerdo a la disponibilidad de recursos alimenticios en los distintos lugares, determinando una ocupación reiterada en todos aquellos que les ofrecían mayor abundancia y variedad de alimentos.

Arco y flechas onas (boceto de Martín Gusinde).

A pesar de su geografía, no eran navegantes ni tenían forma alguna de embarcación. Asentados en un territorio aislado, mantenían escasas relaciones con otras culturas, entre ellas con los yámanas y alakaluf, visibles a través de los ritos de iniciación y ciertas manifestaciones de organización comunitaria.

Su primer contacto directo con europeos fue en 1580, cuando el español Pedro Sarmiento de Gamboa llega a la costa occidental de la isla, a un lugar que luego denominaría bahía Gente Grande, haciendo alusión a la talla de los lugareños.

Entre fines del siglo XVIII y las tres primeras décadas del XIX, una serie de expediciones científicas visitaron la zona, como la de Charles Darwin, quien llegó en 1832, a bordo del Beagle, buque comandado por el capitán Robert Fitz Roy.

La familia era el núcleo social, conformada bajo el principio patrilineal y patrilocal. Con un fuerte concepto de territorialidad, cada uno de estos grupos familiares vivía dentro de un territorio o haruwen, cuyos límites geográficos estaban claramente preestablecidos, y debían ser respetados por los vecinos para asegurar una buena convivencia.


Familia ona.

Se identificaban por linajes y divisiones (puntos cardinales). Cada individuo pertenecía al "cielo" que le correspondía a su haruwen. Si por alguna razón cambiaba de residencia, inmediatamente pasaba a pertenecer a nuevo cielo.

Los "cielos" constituían unidades exogámicas, vale decir que el matrimonio quedaba prohibido entre dos personas que pertenecieran al mismo "cielo"; eran generalmente monogámicos aunque se practicaba el levirato, el sororato y en situaciones de supervivencia grupal la poligamia.

De carácter igualitario, esta sociedad no reconocía estructuras jerárquicas y se regía por la reciprocidad, trueque y acceso común de cada grupo familiar a las fuentes de alimentación, materias primas, vestido y habitación. Sin embargo había tres grupos de mayor prestigio:
  • Chamanes ("Xo'on"): Eran respetados por los contactos que podían establecer con los "cielos", fuente de poder; y temidos, pues se los creía capaces de provocar una enfermedad mortal a cualquier persona por quien se sintiesen agraviados.
  • Sabios ("Lailuka"): Depositarios de las tradiciones mitológicas, sin poder sobrenatural, profetas.
  • Guerreros ("K'mal"): Respetados por su experiencia cuando llegaban a edad madura, eran los que más se aproximaban a un líder, y había uno en cada familia extendida.
Su nomadismo imponía el uso de viviendas de estructuras sencillas, definidas por las características naturales de los territorios ocupados, y eran de dos tipos, uno de forma cónica ("kauwi") de unos cuatro metros de ancho, construida sobre una estructura de ramas cubierta de pieles cosidas, característica de la zona boscosa del sur y la “tienda” o paravientos, hecha de palos trabajados y un cobertor de pieles de guanaco, o lobo marino, que una vez instalados, formaban tres cuartos de un círculo, propio de la zona esteparia al norte de la isla. Esta última tenía un carácter más provisorio, y podía ser fácilmente llevada de un campamento a otro en sus desplazamientos.
 
 
Utilizaban el arco y la flecha. El corte de la carne y faenamiento de los animales se efectuaba con cuchillo y raederas de piedra.

Guerreros onas (c. 1900).

La vestimenta la realizaban con pieles y cueros de animales, especialmente guanacos. Consistía en un manto o capa con el pelo hacia afuera, las mujeres la ataban con tiras sobre el pecho y los hombres se la ajustaban al cuerpo ciñéndola bajo el brazo derecho, asegurándola con la mano. Mujeres y niños usaban un taparrabo, se calzaban con mocasines de cuero.

Gustaban de adornarse con collares, brazaletes y pulseras, confeccionados con huesos de aves, conchillas y trenzas de tendón de guanaco, los hombres llevaban uno triangular de cuero sobre la frente, atado alrededor de la cabeza (Kóchil).

Ambos sexos se pintaban con los colores rojo, negro, blanco y amarillo en dibujos sencillos.
 

La Gran ceremonia del Hain

 

Siguiendo a Anne Chapman, el propósito del Hain era triple:

1. Los jóvenes varones eran separados del cuidado materno. Se les iniciaba ritualmente a la adultez y sometiéndolos a un proceso de adiestramiento que se prolongaba durante todo el transcurso del Hain, se les enseñaba las tradiciones religiosas y míticas, el comportamiento ético correcto, y las técnicas de caza. Durante su iniciación se los llamaba "klóketen".

2. La instrucción femenina consistía en afirmar la dominación social masculina, los "espíritus" las amenazaban y les infligían castigos.

3. Constituía el principal medio de intercambio social. Aunque el papel de las mujeres era diametralmente opuesto al de los varones, había momentos en que ellas lo disfrutaban.

El jesuita y etnólogo alemán Martín Gusinde tomó contacto con el chamán Tenenesk en 1919, éste en 1923 lo autorizó a participar en la ceremonia del Hain de la que sería la máxima autoridad. Según algunos autores ese contenido etnográfico estaba en decadencia y las 360 ovejas donadas por Gusinde inducieron a los nativos a representar una comedia ante un auditorio científico. De todas formas el material obtenido es sumamente valioso, en la galería de la derecha presentamos documentos fotográficos. Según Chapman el último se realizaría en 1933 con la asistencia de pocas familias.

Antes de 1880, el pueblo selknam vivía en pequeños grupos que se trasladaban dentro de un "haruwen" (territorio). El Hain era la ocasión para que permanecieran en un mismo lugar, el de 1923 duró cincuenta días; el año anterior había durado cuatro meses, y antiguamente podía extenderse por más de un año.

El acontecimiento se difundía con mucha celeridad por toda la isla, los vínculos de parentesco ligaban a toda la población; se estima que en sus últimas épocas (antes de 1880) eran entre selknam y haush unos 4000, y que para el Hain se reunían unos trescientos.

La palabra "Hain" pareciera ser de origen Haush, entre los cuales la ceremonia tenía algunos espíritus que diferían con los del Hain selknam, los que a su vez variaban entre los de la parte norte y los del sur. Ninguna ceremonia se repetía tan cual de un año al otro, aunque nunca faltaron los espíritus de Xalpen y Shoort.
 
Espíritus Shoort.

Las máscaras y otros disfraces se confeccionaban con cuero de guanaco, corteza de árboles, plumas y pinturas. Se tenía especial cuidado en que las mujeres y niños nunca vieran una máscara sin su portador.

El maquillaje consistía en pinturas de colores en la gama del rojo oscuro al amarillo y del negro al blanco. La preferida era la obtenida de una arcilla llamada "ákel" que recalentada se volvía color granate.

El consejero del Hain resolvía de un día para otro que escenas se habría de representar. A excepción de Shoort que aparecía día tras día y del "rito de iniciación" del primer día, las escenas no tenían un orden fijo, pudiendo repetirse varias veces. Alguno de los "espíritus" podían no ser representados.

Si las mujeres deseaban ver un determinado "espíritu", con sus cantos podían provocar que apareciese.

Ulen, el veloz espíritu masculino.
 



Origen y mitología


El origen de la ceremonia Hain, es explicado por mitos que se remontan a tiempos míticos, cuando las mujeres gobernaban sin misericordia a los hombres.


El origen del klóketen de las mujeres:

La figura femenina más extraordinaria era Luna, jefa indiscutida de las mujeres, y por lo tanto de los varones. Su marido, Sol cumplía humillantes tareas por su condición sexual.

Luna decidía cuando debía celebrarse un Hain para que las jóvenes fueran introducidas a la vida adulta, y para que los hombres recordaran que los espíritus eran aliados de las mujeres. Los preparativos de la ceremonia se realizaban en riguroso secreto, como posteriormente ocurrió con los varones.

Una vez comenzado el Hain, un terrible espíritu-monstruo femenino salía cada tanto de las entrañas de la tierra en la choza ceremonial y entraba en funciones. Era la glotona Xalpen, a la que los hombres debían llevar carne de guanaco para saciar su descomunal apetito.

Hashe, hombre emisario del espíritu de Xalpen.
 
Los hombres rara vez veían a Xalpen, enterándose de su presencia cuando estaban fuera de la choza ceremonial por los gritos aterrorizadores con las que los mujeres la recibían. La aparición de otros espíritus era anunciada por los cantos femeninos desde el interior del Hain para que los hombres supieran de su presencia.

Un día, Sol, al volver de cacería con un guanaco, llegó muy cerca de la choza ceremonial, escuchando las voces de dos mujeres se aproximó sigilosamente y las vio ensayando las escenas que iban a representar para hacer creer a los hombres que eran espíritus reales. Comprendió entonces el engaño de las mujeres para mantenerlos sometidos.

Enterado el campamento masculino, se armaron con garrotes e irrumpieron en la choza Hain, allí se produjo la matanza de las mujeres, Luna cayó vencida sobre el fogón y logró escaparse al cielo transformándose en la luna. Sol se lanzó tras ella convirtiéndose en el astro solar. Así habrá de perseguirla por siempre sin alcanzarla jamás, y Luna quedará mirando a la tierra con su caras tiznada y con cicatrices de las heridas inflijidas en la rebelión.

Los hombres se apoderaron del Hain, inaugurando su dominio sobre las mujeres. Se disfrazaron entonces de los mismos espíritus que las mujeres habían personificado.

El mito de los siete shoort principales:

Según Gusinde, con posterioridad a la aniquilación de las mujeres, los hombres más capaces e influyentes, luego de recorrer los límites este, norte, oeste y sur, se reunieron al este de la isla en un lugar llamado Maustas para construir una choza, cada uno con un gran tronco de árbol crecido en el lugar de residencia. Chapman por su parte, indica que en Maustas la choza se habría construido de roca, con siete postes de piedras arrastrados desde sus comarcas natales.

Estos hombres eran howenh, antepasados que en tiempo mítico se trasformaron, después de su muerte, en distintos seres del entorno natural. Fueron llegando de todo el territorio selknam personajes como Ketaixten (la ballena macho), Tase (el cachalote macho), Ksamenk (el delfín grande), Koojni (el león marino), Kepeyik (el macho grande del lobo de dos pelos), Kojniken (la bandurria macho) y Kran (el hombre sol) entre otros, los cuales deliberaron mucho tiempo sobre la manera de organizarlo, celebrando por primera vez el Hain en Maustas con la misma forma y personajes del rito original realizado por las mujeres.

Hombres fuertes y altos fueron los encargados de levantar los siete pilares principales. Primero comenzó Wacus, luego Pawus y después Senu. Cuando estos tres primeros pilares estuvieron bien asegurados, comenzó a levantar el suyo Sate, luego Talen, después Keyaisk y por último Yoisik. Así colocados los primeros siete, cada uno de estos hombres se ubicó bajo el poste que había levantado y como hombres altos y bellos asumieron el papel de los siete shoort principales.


Keyaisl y Yoisik, shoort oriundos del norte y sur respectivamente.

Además de ellos actuaron también otros shoort subordinados, los cuales trajeron más postes para rellenar intersticios; cada uno trabajó en el hueco que correspondía a su terruño, espacio que posteriormente fue el asiento que le correspondió ocupar en la ceremonia. De esta forma los hombres se pusieron de acuerdo, estableciendo un orden que habría sido el que mantendrían hasta tiempos históricos.

El mito de la difusión del Hain

La difusión del Hain se inició en el sudeste del territorio selknam hacia todos los rincones habitados.

Korior había sido klóketen de una de las primeras ceremonias de iniciación realizadas en el sur, donde adquirió todos los conocimientos sobre ella. Poseía tierra colorante blanca que llevó hacia el norte para obsequiársela a su abuelo, donde enseñó a los hombres a hacer todo para un Hain. Al realizarlo conoce a Kamsot, al cual se enfrenta en las competencias del Hain, desarrollando pruebas de fuerza como caminar por largos trayectos, correr y escalar.

Kamsot, klóketen del norte, había sido vencido en todas las competencias, no obstante, presumido de los conocimientos que había adquirido, quería superar a Korior. Éste en una oportunidad se dirigió al norte donde encontró una buena cantidad de tierra colorante blanca y brillante; a la noche siguiente Kamsot corrió en la misma dirección y regresó con una hoja de haya verde y otra roja. Después de un tiempo, juntos regresaron al sur realizando diversos desafíos, y durante el período que permanecieron en la choza grande, Kamsot adquirió nuevos conocimientos que llevó a su tierra, desde donde se difundieron hacia otros territorios, organizando la ceremonia al igual que la gente del sur.
 
Al envejecer Korior, se transformó en una montaña y Kamsot en un papagayo de color verde y rojo.
 

Escenario y Choza ceremonial


La ceremonia podía extenderse por más de un año, por lo cual circunstancias medioambientales obligaban a veces de un cambio de ubicación.

Para elegir el lugar se buscaba el espacio necesario para las representaciones y lo suficientemente alejado de los campamentos para mantenerese fuera de la vista de las mujeres y niños; las diarias visitas de los espíritus al campamento completaban las exigencias del sitio. Buscaban una pradera completamente rodeada por el bosque. Las chozas dedicadas a la vivienda se ubicaban bajo los árboles en los límites del bosque, teniendo por delante la pradera. En el lado opuesto (a unos doscientos pasos) se construía la choza ceremonial.

A la choza ceremonial se la denominaba como a la ceremonia misma Hain. La estructura consistía en siete postes de madera de haya, que representaban a los siete hombres importantes provenientes de distintas regiones que desempeñaron el papel de Shoort en la primera ceremonia. Cada uno de ellos había cortado un árbol alto y llevado al lugar. Los siete pilares se unían en la punta sosteniéndose mutuamente.
 
Choza ceremonial del Hain de 1923 (Fotografía de Martín Gusinde).

Martín Gusinde cuenta la del Hain de 1923:
"... la abertura daba hacia el este. Esta disposición corresponde a una norma de origen remoto: "Los primeros antepasados querían que la entrada diera al este, y nosotros mantendremos esa costumbre". Nuestra choza del Klóketen tenía en la planta un diámetro interior de ocho metros; el ancho de la entrada era, en línea recta de 4,35 metros a ras del suelo, y disminuía hacia arriba hasta la punta del cono. La distancia vertical de la punta hasta el cono, o sea la altura real del cono, era de casi seis metros".
La choza simbolizaba diferentes esferas del universo y este modelo se concretaba sobre la tierra, vale decir la isla de Tierra del Fuego.

Plano de la Choza Ceremonial con los siete pilares principales
 
El consejero asignaba a cada uno de los hombres que ingresaba un lugar junto al poste que le correspondía a su "haruwen" (territorio). Los territorios en que se dividía la isla superaban los ochenta, y cada uno correspondía a uno de los siete puntos llamados "sho'on" (cielos).

Un fogata se encendía en el centro de la choza y se mantenía encendida durante casi toda la ceremonia.

Una línea imaginaria de la entrada (este) hacia el fondo de la choza (oeste) corría a través del fuego. Era considerada sumamente peligrosa; representaba una grieta o abismo que se hundía en las profundidades de la tierra. Se decía que el fuego surgiría a través de ella y ciertos espíritus ascenderían al Hain. Se tomaban todas las precauciones necesarias para no pisarla o traspasarla.
 

El klóketen. Ceremonia de iniciación


Alrededor de los dieciocho años los jóvenes varones tenían su iniciación, en ese proceso se los llamaba klóketen.

Para las mujeres no había ninguna iniciación, pero todo adolescente varón debía someterse al Hain. Si el iniciado no conseguía las metas perseguidas tras el primer Hain, debía hacerlo en las siguientes, hasta "graduarse"; después podría casarse.

La separación del joven respecto al mundo de las mujeres y niños era absoluta mientras durase el Hain. Cuando las madres volvieran a verlos ya no serían mas niños. Habría aprendido "el secreto" del cerrado mundo masculino, y estaría endurecido tras haber sufrido la humillación, el hambre y la fatiga.

Kai-Klóketen, madre de un joven iniciado.

Primer día de la Ceremonia del Hain: El ritual de iniciación:

Se celebra generalmente en otoño, eligiendo un día con sol; la lluvia o la nieve haría que la pintura de los hombres se corriera y con ello se revelaría "el secreto".

Los últimos preparativos se realizan durante la mañana, las madres de los jóvenes que serán iniciados ("kai-klóketen") pasan las últimas horas en su compañía como si se despidieran para siempre. Los espíritus que aparecerán (los Shoort) se preparan ayudados por otros hombres que van dejando los campamentos reuniéndose en el Hain.

El consejero de la ceremonia, hombre mayor, a veces también chamán, comienza alrededor del mediodía un canto a viva voz que durará una media hora indicando el comienzo del rito.

Los aspirantes son pintados con arcilla roja, cuando falta poco tiempo para terminar el pintado aparecen dos Shoort para expresar su impaciencia por recibirlos.

Posición de los iniciados durante el pintado de sus cuerpos (Dibujo de Martín Gusinde)

Una vez pintados totalmente, se les cubren los hombros con piel de guanaco, y escoltado por un supervisor y su madre sollozante se dirigen a la choza ceremonial. A mitad del camino hacen un alto donde las mujeres se separan.
 
Uno de los klóketen es guiado a la choza ceremonial. Los hombres entre cantos forman una rueda contra la pared interior con la vista hacia el fuego. Cesados los cantos, el supervisor le quita la capa, el joven permanece de pie, desnudo e inmóvil. De pronto el consejero le grita: "¡Mirad arriba!", el supervisor le toma la cabeza y la sujeta en esa posición. En tanto salta un Shoort como si surgiera del fuego con los brazos arqueados hacia abajo y los puños cerrados.

Al klóketen le sueltan la cabeza, el espíritu esta delante de él, le agarra las rodillas y pugna por derribarlo. Él como se lo han indicado trata de mantener el equilibrio. El Shoort se mueve a su alrededor, resoplando como dominado por una gran excitación sexual, repentinamente aferra los órganos genitales del klóketen los aprieta con fuerza durante un tiempo para finalizar con un fuerte tirón con ambas manos, dejándolo aturdido por el inmenso dolor y aterrorizado por lo que puede venir después.

El Shoort nuevamente se aferra de sus rodillas, pero esta vez lo derriba, los hombres le ordenan a los gritos: "¡Pelea!¡Agarra al Shoort!"

Comienza la desigual lucha, pues nunca se debe vencer al Shoort, quien si el combate escapara de control podría morderle lo genitales o quemarlo con un tizón. Cuando esten exhaustos el consejero declarará el fin de la contienda.

Cuando el klóketen comienza a recuperarse, recibe una orden del supervisor, señalándole la cabeza de Shoort le dice: "¡Toca a Shoort!, ¡¿Es de piedra o de carne?!".

El Shoort impasible está en cuclillas con las manos entre las piernas. El muchacho pasa sus dedos por su cabeza y cuello, hasta que alentado por el supervisor le agarra la cabeza, y le levanta la máscara. Entonces uno de los mayores le grita: “¿Quién es? ¿Podrá ser un hóowin (antepasado mítico)?” Otro agrega: “¿Quién podrá ser? ¿Acaso un woo (yámanas)?”. Cuando el klóketen reconozca al actor, todos los hombres echarán a reír con ganas.

El rito finalizara cuando el klóketen extenuado y exultante reciba el símbolo de hombría: una vincha triangular de piel de guanaco ("k'ochel"). Ahora sabe que Shoort no es más que un hombre, y tal vez ya sospeche lo mismo de los demás espíritus.

Los dos klóketen del Hain de 1923. En este caso los iniciados
no llegaban a los 18 años, motivo por el cual su adiestramiento
no fue tan riguroso (Fotografía de Martín Gusinde).

Desde el primer día y durante toda la ceremonia, le relatarán los mitos del Hain. Se le narrarán las historias que explican los orígenes del mundo y la sociedad, haciendo hincapié en la traición de las mujeres "hóowin" (míticas) y su maltrato a los primeros hombres.

Se le advertirá que jamás deberá revelarles "el secreto" a las mujeres como tampoco mencionarles lo que sucede en el Hain, la pena es la pérdida de vida de él y la mujer a la que confió el secreto.

Algún tiempo después se le hará confesar si ha tenido relaciones sexuales (aunque, si ha sido así, no está obligado a dar el nombre de la muchacha). Se le enseñará a respetar a las mujeres y a las personas mayores, a compartir la presa que haya logrado cazar y a quedarse siempre con la peor parte; a ser generoso y responsable, a atender a su familia.

Aunque no se lo volverá a atormentar o torturar, estará sujeto a severas disciplinas a lo largo de toda la ceremonia. No debe hablar nunca en el Hain, a menos que sea para responder una pregunta. Sólo puede reirse cuando desenmascara al Shoort.

El supervisor le impedirá relajarse, debe estar atento a todo lo que sucede en la choza ceremonial. Mientras esté sentado debe mantener las piernas estiradas hacia adelante, con la vista clavada en el fuego, sin mirar a otro lado. Para rascarse debe utilizar un palito del que lo han provisto y no las uñas. Se alimenta con frugalidad, duerme poco, a veces lo despierta antes del alba para salir de cacería, la cual puede durar de tres a cuatro días. Tiene que pintarse todos los días. Se espera de él que mantenga siempre una conducta circunspecta y alerta.



Desarrollo de la ceremonia del Hain


Luego del ritual de iniciación del primer día, la ceremonia continuará con diversas escenas, Shoort visitará todos los días el campamento; los demás espíritus harán presentaciones especiales que se repetirán o no con diferentes frecuencias.

Matan, el gran bailarín del Hain.
Habrá ritos especiales como la Danza del Kewánix y el Chowh-toxen (para conjurar el mal tiempo).

A los klóketen se los tiene ocupados todo el tiempo, las mujeres lo saben, pero piensan que obedecen las órdenes despóticas de Xalpen, y que ésta en cualquier momento puede matarlos en un estallido de furia. Imaginan a los muchachos trabajando sin desmayo para salvar sus vidas.

Cuando creen que Xalpen ya ha surgido del inframundo al Hain, las mujeres le dedican cantos para aparciguarla y consolar a sus hijos.

La avidez sexual de Xalpen y sus frecuentes encuentros amorosos con los klóketen, harán que quede embarazada. Cuando está a punto de alumbrar, se vuelve aún más iracunda por los dolores del parto. Es un momento culminante en la ceremonia.

Primero, Xalpen da muerte a todos los klóketen, y después a casi todos los hombres, destripándolos uno por uno con la larga y filosa uña de su dedo índice. El Hain se estremece como si temblara la tierra.

Los alaridos horripilantes de Xalpen resuenan entre las chispas y las llamas que salen por el techo. En medio del gran tumulto se escuchan los agudos quejidos de las víctimas; las mujeres reconocen las voces de cada víctima, y en vano intentan cantos para aplacar a Xalpen.

De pronto, el Hain enmudece, casi todos los hombres han sido exterminados. Los pocos sobrevivientes, levantan los cadáveres de los klóketen que han sido rociados con sangre de guanaco, y angustiados los van sacando del Hain con lentitud.

Las mujeres se acercan al Hain tanto como les está permitido, mientras cantan lamentos por los klóketen.

Durante esta escena, los presuntos muertos que quedaron en la choza ceremonial, salen subrepticiamente y pasan la noche en el bosque.

Olum, un pequeño ser es el restaurador de la vida. Pocas veces visto por el público, este chamán es tan poderoso que las cicatrices desaparecen a medida que cura las heridas y devuelve la vida a las víctimas de Xalpen; tarea que también desempeña con la matanza de Halaháches, el espíritu masculino del cielo.

Espíritu que las mujeres llaman Halaháches y los hombres Kotaix.
 
Al día siguiente de la matanza, los hombres vuelven a hurtadillas al Hain, Olum realiza su "trabajo" y el glorioso acontecimiento es indicado con el sonido de un rápido y suave palmoteo acompañado por chasquidos vocalizados contra el fondo del golpeteo rítmico que los hombres realizan sobre la tierra con los puños. Las mujeres felices vuelven a entonar cantos para apaciguar a Xalpen.

De pronto ¡Xalpen da a luz!. Al recién nacido se la el nombre de Keternen (K’terrnen), puede ser hombre o mujer, siempre representado por un klóketen delgado. Este acontecimiento que sigue a la restauración de la vida por parte de Olum es anticipado de modo especial por las mujeres. Empiezan a entonar cantos de bienvenida para que lo saquen del Hain y así poder ser admirado.


El “bebé” K’terrnen, sostenido por Tenenesk, consejero de la ceremonia;
para ser presentado a las mujeres en el Hain de 1923 (Foto de Martín Gusinde).
 
Como recién nacido debe ser sostenido, ya que apenas puede caminar. Esa tarea la debe llevar a cabo el chamán o el consejero del Hain, o ambos que para el evento llevan una vincha de plumas y una capa vuelta hacia adentro.

La ceremonia propiamente dicha tiene un final sencillo: los participantes masculinos deciden por algún motivo que debe terminar. Shoort efectúa su última visita diaria y el supervisor anuncia al público que la ceremonia ha concluido.
 

Danza del Kewánix


Tanu, es enviada por su hermana Xalpen, para que sean representadas escenas, entre ellas la gran procesión llamada Kewánix.

Tanu del cielo occidental. Hermana y emisaria de Xalpen.

Los hombres se preparan para la escena pintándose de rojo. El que va a encabezar la danza se pinta además una franja blanca longitudinal desde el cuello hasta los genitales y todos se punzan la nariz hasta que la sangre les chorrea sobre el pecho.

Tanu surge con lentitud del Hain, luego aparece una hilera de jóvenes rojos y desnudos; en tanto el líder, manchado de sangre, se toma las caderas con las manos, los demás ponen las suyas sobre los hombros del que va delante. El paso es muy corto, lento y cansador.

 
Se pinchan la nariz con un palito puntiagudo que llevan, mientras avanzan bailando hacia la enorme fogata. La rodean cantando y golpeando el suelo con los pies.

Las mujeres ocupan sus lugares habituales con la particularidad de que ahora las solteras también pintadas, forman una rueda en el terreno dedicado a la danza. La hilera de los hombres rodea y cierra por fuera la ronda femenina, a medida que giran alrededor de ellas, las mujeres tratan de limpiar la sangre de la nariz o el pecho del hombre favorito con un trozo de piel de guanaco.
 

Participantes con la pintura corporal utilizada en la danza del Kewánix.
Fotografía de Martín Gusinde.

 

Rito de Chowh-toxen ("agua-seco")


Para conjurar tormentas de lluvia o nieve, se celebra un rito que se llama Chowh-toxen ("agua-seco"). Cuando el mal tiempo amenaza continuar, el consejero ordena que se ejecute este ritual.

Un grupo de jóvenes varones se desnuda y se ciñe a la cabeza una corona de pasto seco. Salen del Hain en fila, cantando y bailan hacia el centro del escenario, donde el fuego está casi extinguido. Giran a su alrededor y luego se dirigen a alguna fuente de agua de las cercanías. La circundan con los brazos enlazados, mirándola cantan, mientras giran cada vez más rápido, primero en un sentido, luego en el otro.
 
Ritual para traer el buen tiempo durante el Hain de 1923 (Foto de Martín Gusinde).

Las mujeres de más edad comienzan a cantar, mientras las muchachas, valiéndose de baldes de cuero, arrojan agua sobre las espaldas de los jóvenes mientras éstos giran. Si se agota la provisión de agua, les arrojan bolas de nieve. Cuando las chicas se cansan, los jóvenes se toman de la mano y regresan al Hain danzando a paso rítmico. Este ritual puede repetirse varias veces en el mismo día o en los siguientes, hasta que el tiempo mejore.
 

Pieza de colección 1


Guerrero/cazador ona confeccionado por Osvaldo Verón: MSminiaturas
 

 
 

Pieza de colección 2

 
Guerrero/cazador ona vestido con piel de guanaco y portando un carcaj con flechas, confeccionado por Miguel Escalante Galain: http://miguelesmodemil.blogspot.com.ar/
 


 
 

Pieza de colección 3


Ulen, el veloz espíritu masculino, confeccionado por Miguel Escalante Galain: http://miguelesmodemil.blogspot.com.ar/






Ilustración de Álvaro López.

Foto de Martín Gusinde.

Figura de colección 4


Mujer pintada con tari, dibujos totémicos usados durante la danza del Kewánix, confeccionada por Miguel Escalante Galain: http://miguelesmodemil.blogspot.com.ar/















Pueblos Indígenas de la Zona de Neuquén




Pueblos Indígenas de la Zona del Chaco


Los aborígenes del Chaco


El Gran Chaco es una extensa planicie en el interior de Sudamérica, que ocupa territorios de Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay. Limita al oeste con los primeros contrafuertes andinos, al sur con la cuenca del río Salado, al este con los ríos Paraguay y Paraná y al norte con el Planalto Central (Escudo Brasileño). Incluye los Llanos de Chiquitos (Bolivia) y el Pantanal Matogrossense (Brasil) áreas de transición entre el Gran Chaco y la Amazonia, donde predominan los aspectos del bioma chaqueño.

Al momento en que los conquistadores españoles toman contacto con las culturas aborígenes del Chaco en el Siglo XVI se distinguen tres grupos étnicos o familias linguísticas: Guaycurú, Mataco-mataguayo y Lule-vilela. Los dos primeros son denominados “chaquenses típicos” y el tercer grupo ocupaba sólo parcialmente el territorio chaqueño, y era ajeno cultural y racialmente a los primeros. 

Los lule-vilelas estaban vinculados a las culturas andinas, se ubicaban al sudoeste de la región chaqueña y llegaban hasta los territorios semimontañosos de Tucumán y Salta. Tampoco deben considerarse propiamente “chaquenses” los pueblos de las etnias “chané”, de origen amazónico, y “chiriguano”, de origen guaranítico, que se establecieron poco antes de la llegada de los españoles en la zona noroeste de la región.

Guerrero mocoví, por Florean Paucke.

A la familia guaycurú pertenecen los Abipones, Tobas (quom), Pilagás, Mocobíes, Mbayás y Payaguás. Estas dos últimas etnias habitaban el Chaco paraguayo y al igual que los Abipones, se extinguieron hace mucho tiempo. 

A la familia Mataco-maccá o también denominada Mataco-mataguaya pertenecen los Matacos (wichis), Chorotis, Ashluslay, Maccás, Noctenes, Vejoces y Mataguayos.

Los lule-vilelas constituyen un complejo étnico integrado por Tonocotés, Lules y Vilelas, a los que el antropólogo José Imbelloni agrega los Matarás, etnia que en la época de la conquista habitaba en las cercanías del Bermejo medio, junto a Concepción del Bermejo.

El conocimiento sobre los pueblos indígenas del Chaco, comienza a ser construido con las crónicas jesuitas del siglo XVIII. Las vastas extensiones de montes cerrados fueron un albergue ideal para muchos pueblos desplazados por españoles y criollos entre los siglos XVI y XVIII y por los ejércitos nacionales posteriormente. Estos desplazamientos rediseñaron el mapa étnico, provocando fusiones y mestizajes con implicancias culturales y lingüísticas.

Clasificación étnica generalTronco
lingüístico
Etnias
ArgentinaBoliviaParaguayBrasil
"Chaquenses Típicos"Mbayá-
Guaikurú
Tobas
(Qom)
Pilagá
Aguilot
Mocovíes
Abipones
MbayáMbayáCaduveo
Mataco-
Mataguayo
Matacos (Wichi)Weenhayek
Mataguayos
Maká
Chorotes
ChulupíesNivaclé
ZamucoAyoreo
Yshir o Chamacoco
Enlhet - Enenlhet
(Maskoy)
Angaité
Guaná
Lengua
(Enlhet y Enxet)
Sanapaná
Toba Maskaoy
Chiquitano o
Besiro
ChiquitanoChiquito
GuatóGuató
Culturas provenientes de la selva tropical sudamericana, también llamadas amazónicas.Tupí-GuaraníChiriguanosGuarayos
Avá GuaraníÑandevá
TapietéÑanderetá
Pãi TavyterãKiowá
Aché
MbyaMbya
ArawakChané
Kinikinawa
Terena
TonocotéTonocotés
Culturas del Chaco andinizadas en su contacto con los diaguitasLule-VilelaLule
Vilelas


Abipones


Los abipones


Habitaban la ribera norte del Bermejo inferior. A comienzos del siglo XVII adoptaron el caballo traído por los españoles, extendiendo sus correrías desde el Bermejo hasta Santa Fe, y desde Santiago del Estero hasta el río Paraná.

Tanto los Abipones como los Tobas y Mocobíes mostraron desde el Siglo XVII hasta el siglo siguiente una tendencia constante a la migración desde el Norte hacia el Sur de la región chaqueña. Recién desde 1750 con el estrechamiento de la zona que habitaban pasaron de un estado nómade a uno de mayor sedentarismo, según L. Kersten.

Los Abipones están muy relacionados con la historia colonial de Santa Fe, Corrientes y Chaco. En 1750 los misioneros jesuitas fundaron con ellos la Reducción de San Fernando del Río Negro y en 1764 la de San Carlos o Rosario del Timbó cerca del Río Paraguay en el actual territorio de Formosa. Estas fundaciones limitaron el formidable carácter guerrero de estos pueblos y dieron un respiro a las ciudades coloniales del Litoral .

El jesuita Martín Dobrizhoffer que misionó a los abipones entre 1750 y 1766, distinguió tres parcialidades:
  • Riikahé o gente del campo. 
  • Jaaukanigás o gente de agua. 
  • Nakaigetergehé o gente del monte. 
Los Jaaukanigás, se originaron con la integración de los mepenes del litoral, que fueran dispersados por los españoles. A pesar de su separación geográfica, los tres grupos componían una cultura, con una lengua y comportamientos sociales comunes, según Dobrizhoffer: "[...] tendrían el mismo tipo de vida y de costumbres y la misma lengua. Llama la atención la concordia que existía entre ellos, la estable alianza cada vez que se presentaban algún problema contra el español al que consideraba enemigo innato [...]".

Abipones del Chaco, con armas y corazas de cuero de jaguar (Martín Dobrizhoffer).

En cuanto al aspecto físico, Dobrizhoffer los describe: "[...] casi todos son de tal estatura que podrían formar parte del batallón de pyrobolarios austriacos [...]", "[...] Son casi siempre de formas nobles, rostro hermosos y rasgos similares a los europeos [...]". Y agrega que son muy proporcionados y carecen de deformaciones, no tienen joroba, papada, labio leporino y abdomen hinchado. Generalmente poseen nariz aguileña.
"Dichos Abipones andan totalmente desnudos, aunque las mujeres se cubren con mantas de pellejos bien aderezados, a que llaman queyapí. Usan las armas que todos los del Chaco, y se pelan la cabeza al modo que los Guaycurús, aunque el cabello, que les queda algo largo, lo atan atrás con una trenza, porque no les impida cuando anclan en el agua, que es muy de ordinario, por ser grandes nadadores. Son de grande y fornida estatura, y bien agestados, pero se labran la cara y cuerpo, y se embijan, con que encubren la blancura natural. Taládranse el labio inferior de que pende un barbote o como acá llaman mbetá." (Lozano, Pedro: "Gran Chaco Gualamba" (1733), cap. XV: De la nación de los Abipones).
Los abipones eran famosos por su espíritu guerrero. Antes del combate afeaban sus rostros para infundir espanto a los enemigos. Lozano, nos cuenta: "Cuando salen a la guerra se punzan muy bien la lengua, y con aquella sangre se untan todo el cuerpo, y sobre este matiz hacen mil labores con carbón, y de esta suerte, dicen ellos con el dolor que llevan, que cuanto topan lo destruyen sin distinción de edad o sexo, y su mayor alabanza es matar a cuantos más pudieren, y según el número de los que hubieren muerto, se les permite poner otras tantas plumas en el dardo."

Formaban sus ejércitos en cuadros, en el centro se colocaban los arqueros y a los costados los lanceros. El jefe de cada escuadra se colocaba al frente de sus hombres. En la ilustración de Dobrizhoffer se observa esta distribución. En el centro el que comanda a los arqueros lleva una flecha en la mano derecha y el arco en la izquierda. A un costado el carcaj que era construido con la misma técnica con la que se hace un canasto tejido con pajas. Los tres llevan además del arma que los identifica, el cuerno con el cual daban por iniciado el combate.

Resistieron la conquista española bravamente. En 1641 los abipones ya habían adoptado los caballos que llevaban los colonizadores y se transformaron en los indómitos centauros del Gran Chaco.

Guerreros abipones a caballo.

En todo el curso del siglo XVII fueron incasables hostigadores de los españoles y en parte del XVIII ya desgastados no se dieron por vencidos y continuaron en su lucha. Los ataques abipones eran temidos en las ciudades de Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, Santa Fe, Corrientes y Asunción.

Las fuerzas españolas reforzados con bandas guaraníes los fueron acorralando. Hacia fines de la primera mitad del siglo XVIII, grupos de abipones fueron reducidos en misiones jesuitas. Tras la expulsión de los jesuitas, las reducciones abiponas se fueron despoblando hasta ser abandonadas en 1768. Durante el siglo XIX la cultura abipona fue desapareciendo, diezmados en enfrentamientos y absorbidos paulatinamente


Piezas de colección


Guerreros abipones basados en la ilustración de  Martín Dobrizhoffer, con corazas de cuero de jaguar, lanza, arcos, flechas, carcaj y cuerno.









Pueblos Indígenas de la Región del Litoral y Mesopotamia



Guaraníes


Descripción


La familia lingüística Tupi-Guaraní es una de las más importantes y extendidas, a través de un enorme y extendido territorio en América del Sur. La extensión de los pueblos indígenas que hablaban (y hablan) lenguas derivadas de este tronco va desde el río Amazonas (centro de origen de este grupo) hasta el Río de la Plata, en el sur. Los Guaraníes representaban la rama sur de esta interesante e importante familia lingüística. Se extendían por la mayor parte del Paraguay, porciones considerables del sur del Brasil, y regiones vecinas de Bolivia, Uruguay y la Argentina.
En el momento de la conquista española, los guaraníes no pasaban de ocupar algunos pequeños distritos aislados de nuestro país, pero eran un pueblo que se hallaba en plena expansión.
En nuestro actual territorio, los diversos grupos de guaraníes (que se hallaban aislados entre sí), podemos dividirlos de la siguiente manera:
  • Guaraníes de las islas o Chandules, que se hallaban establecidos en las islas del Delta del río Paraná y en ambas costas (tanto la bonaerense como la entrerriana).
  • Guaraníes del Carcarañá, asentados en las islas que el río Paraná forma a la altura de la desembocadura del río Carcarañá (en la actual provincia de Santa Fe).
  • Guaraníes de Santa Ana, llamados así porque fueron hallados por los conquistadores en la región que ellos llamaron Santa Ana, en el norte de la actual provincia de Corrientes.
  • Los Cainguás, afincados en el litoral norte de la provincia de misiones y que aún hoy ocupan la región occidental de la República del Paraguay.
  • Los Chiriguanos, asentados –luego de la llegada de los españoles– en la porción del Chaco salteño y en el vecino territorio boliviano.


La obtención del alimento por parte de los guaraníes se basaba en el cultivo de la tierra, y la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres eran actividades relativamente secundarias ¿Qué cultivaban los guaraníes? Especialmente mandioca, zapallos, batata y maíz. Los guaraníes del Delta no cultivaban ni mandioca ni batata debido a que el clima no era tropical en la zona, pero sí maíz y zapallo.
La técnica del cultivo guaraní es llamada por los investigadores como de milpa. Consiste en elegir una parcela de bosque donde hacer la plantación, cortar la maleza y los árboles más pequeños que hay en ese sector, prender fuego al conjunto de árboles grandes en la época seca, y posteriormente sembrar o plantar en el terreno abonado por las cenizas de lo quemado. La preparación del terreno de cultivo era un trabajo de los hombres, mientras que la operación de sembrado, plantación, cuidado y cosecha era realizado por las mujeres.

Esta técnica de cultivo guaraní era en extremo destructora del suelo y de las zonas boscosas. No poseían las técnicas del riego de los indios andinos y dependían grandemente de las características climáticas, en especial, de los regímenes de lluvia (de por sí muy abundantes donde habitaban los guaraníes). Por ello decimos que eran pueblos de horticultores o agricultores incipientes, es decir, que aún se hallaban en el proceso de aprendizaje de dominio de las técnicas del cultivo, donde la posibilidad del riego era fundamental.

Normalmente los guaraníes andaban desnudos. Las mujeres a veces llevaban una especie de taparrabos de forma triangular llamado tanga, que habitualmente era de plumas. Posteriormente se hizo general en las mujeres el uso del tipoy, a causa de la influencia ejercida por los conquistadores españoles. El tipoy era una especie de saco de algodón blanco, sin mangas, con dos aberturas laterales para pasar los brazos.

Mujer guaraní con una vasija.

Los hombres se adornaban con plumas las cabezas, los brazos y los tobillos. Un adorno característico de todos los varones era un barbote (prominencia de resina, hueso o piedra) que se ponían en el labio inferior.

Por su parte, las mujeres se conformaban con un tatuaje en el rostro. Ambos sexos se pintaban el cuerpo.

Los guaraníes eran sedentarios. Las viviendas eran por lo general casas grandes de carácter comunal, construidas con troncos y hojas, en las que vivían varias familias relacionadas entre sí. De cuatro a ocho de estas grandes casas comunales constituían una aldea situada a la vera de un río o rodeada de una o dos empalizadas para la defensa del poblado. En las regiones guaraníes del norte predominaron chozas más chicas, cilíndricas y con paredes de barro y paja.

Los guaraníes utilizaban como armas arcos y flechas y la macana. El arco guaraní es el amazónico, muy grande. Entre los Cainguáes llegó a tener hasta dos metros y medio de largo. Las flechas de guerra (no las de caza) tenían puntas de hueso humano. La macana guaraní era cuadrada, o tomaba la forma de un sable de madera con filos agudos. Posteriormente, adoptaron las armas de fuego de los españoles.

Arquero con arco amazónico (de gran tamaño).

Como buenos agricultores eran también alfareros. La cerámica guaraní era de varios tipos. El más interesante y peculiar es la imbricada. Se trata de una cerámica con una decoración que consistía en llenar la superficie del recipiente con impresiones de la yema del dedo pulgar o la uña, cuando el barro aun no ha solidificado. Las formas de la decoración suelen ser de gran tamaño. Otro tipo de cerámica es la pintada. Esta decoración consiste en líneas finas pintadas de color negro y rojo sobre fondo blanco que, formando curvas, triángulos, rombos, llenan la superficie interna o externa de los recipientes. Por lo general utilizaban este tipo de decoración para urnas y recipientes menores. Toda la cerámica guaraní no tiene asas, como detalle característico.

Los guaraníes también tenían grandes canoas con las que recorrían los ríos de la región.


Los guaraníes y la guerra


A principios del siglo XVII, los asunceños habían fundado, en el Paraguay y Río de la Plata, varias ciudades y pueblos de indios aledaños. El territorio ocupado recortaba una amplia frontera difícil de defender de los distintos grupos indígenas rebeldes. A ello se sumaban los portugueses que aliados con los tupies emprendían entradas periódicas de captura para alimentar el comercio de esclavos en la capitanía de San Vicente del Brasil. La principal riqueza en disputa eran los numerosos grupos indígenas que habitaban las provincias de Itatim, Guayrá, Paraná, Uruguay y el Tapé y que algún día podían ser encomendados por los españoles o esclavizados por los bandeirantes que los trasladaban al territorio de la Corona portuguesa.

En el año 1638 los padres Antonio Ruiz de Montoya y Francisco Díaz Taño viajaron a España con el objetivo de dar cuenta al rey Felipe IV de lo que ocurría en las misiones. Su intención era conseguir que el rey levantara la restricción del manejo de armas por parte de los indígenas.

Las recomendaciones de Ruiz de Montoya fueron aceptadas por el rey y el Consejo de Indias, expidiéndose varias Cédulas Reales, despachándoselas a América para su cumplimiento.

Por una Real Cédula del 12 de mayo de 1640 se permitió que los guaraníes tomaran armas de fuego para su defensa, pero siempre que así lo dispusiera previamente el virrey del Perú. Por este motivo Ruiz de Montoya partió hacia Lima, con la objeto de continuar allí las gestiones referidas a la provisión de armas.

Por su parte, el padre Taño viajó a Roma para informar al papa de la caza de esclavos en las misiones a fin de obtener una protección papal.

Niño guaraní ejercitándose en el uso del arco.
 
De esta manera, los jesuitas pudieron establecer con los caciques, una alianza para liberarlos momentáneamente del servicio personal y defenderlos de los bandeirantes e indios enemigos con el auxilio de armas de fuego. El éxito de esta alianza inicial radicó en el mayor poder defensivo de los cacicazgos al reagruparlos en un mismo poblado y al ejercitarlos de forma progresiva en las tácticas de guerra española.

En el Paraná y Uruguay la concentración defensiva de las reducciones y su entrenamiento militar representó una estrategia para enfrentar al enemigo y detener su avance sobre la región.
 
Mientras tanto y ante el peligro inminente de que los bandeirantes cruzaran el río Uruguay, el padre provincial Diego de Boroa, con la anuencia del Gobernador de Asunción y de la Real Audiencia de Charcas, decidió que las tropas misioneras utilizaran armas de fuego y recibieran instrucción militar. Desde Buenos Aires se enviaron once españoles para organizar a las fuerzas de defensa.
 
A fines de 1638 el padre Diego de Alfaro cruzó el río Uruguay con un buen número de guaraníes armados y adiestrados militarmente con la intención de recuperar indígenas y eventualmente enfrentar a los bandeirantes que merodeaban por la región.
 
Luego de algunos encuentro esporádicos con las fuerzas paulistas, a las tropas del padre Alfaro se le sumaron 1.500 guaraníes que llegaban dirigidos por el padre Romero. Se formó entonces un ejército de 4.000 misioneros que avanzó hasta la arrasada reducción de Apóstoles de Caazapaguazú donde los bandeirantes se hallaban atrincherados después de varias derrotas parciales.
 
El choque armado constituyó la primera victoria decisiva de las huestes guaraníes sobre los paulistas, los cuales luego de rendirse huyeron precipitadamente.
 

El encuentro en Mbororé

 
A fines de 1640 los jesuitas tuvieron evidencias de una nueva incursión de bandeirantes más numerosa que las anteriores. Para ello se constituyó un ejército de 4.200 guaraníes armados con piedras, arcabuces, flechas, alfanjes y rodelas. Las fuerzas incluían caballería armada con lanzas, pero por condiciones del terreno no era muy efectiva, sirviendo principalmente de apoyo de la infantería y la artillería. La artillería se componía de cañones de madera de tacuara forrados en cuero o «bocas de fuego». El número de armas de fuego era escaso en comparación del número de combatientes, apenas trescientas.

Los indios a pie debían llevar flechas, arcos, piedras, macanas y rodelas. La caballería lanzas, adargas, macanas, capacetes (cascos) y espuelas. Los flecheros iban provistos de dos arcos, cuatro cuerdas y treinta flechas. Los pedreros cincuenta piedras (al menos), una docena de andas, una macana (garrote) y un cuchillo. También llevaban boleadoras de una piedra. En la ofensiva, los guaraníes no solían usar el arco porque mataba a distancia y resultaba indigno para un guerrero. El reglamento desarrollado por los jesuitas durante el siglo XVII para las defensas de los pueblos exigía que todos los indios adultos tuvieran entrenamiento y los niños empezaran a practicar a los siete años una vez al mes con hondas, arcos y lanzas. Los jóvenes debían ser diestros en el uso de machetes o espadones anchos «que tienen el golpe más seguro». También toda localidad debía tener su propia reserva de pólvora, hondas y piedras, arcos y 7.000 flechas con puntas de hierro, 200 caballos para uso militar, 60 lanzas, 60 desjarretaderas (cuchilla de metal en forma de media luz sujeta a un palo) y una maestranza donde fabricar pólvora. Pronto incorporaron instrumentos como atabales, trompetas o cornetas, entre otros. Los indios llamaban guyrapá al arco, jhu'y a las flechas, mimbucú a la lanza y tacapé a la macana. Su principal tarea era defenderse de las incursiones de los indios chaqueños, en especial, los mbayás, feroces enemigos, hábiles con la lanza y el arco. Para la batalla, habían trescientas balsas a las que se sumaban apenas sesenta canoas con 57 mosquetes y arcabuces, todas cubiertas para protegerse de las flecherías y pedradas de los tupíes.

Recibieron instrucción militar de ex militares, los Hermanos Juan Cárdenas, Antonio Bernal y Domingo Torres. La operación estaba dirigida por el padre Romero. Las fuerzas defensoras estaban dirigidas por los padres Cristóbal Altamirano, Pedro Mola, Juan de Porras, José Domenech, Miguel Gómez, Domingo Suárez.
Batalla de Mbororé (ilustración de Maco Pacheco).

El Ejército Guaraní se organizó en compañías comandadas por capitanes. El capitán general fue un renombrado cacique del pueblo de Concepción, Nicolás Ñeenguirú. Le seguían en el mando los capitanes Ignacio Abiarú, cacique de la reducción de Nuestra Señora de la Asunción del Acaraguá, Francisco Mbayroba, cacique de la reducción de San Nicolás, y el cacique Arazay, del pueblo de San Javier.

La reducción de la Asunción del Acaraguá, ubicada sobre la orilla derecha del río Uruguay, en una loma cercana a la desembocadura del arroyo Acaraguá, fue trasladada y reubicada por precaución río abajo, cerca de la desembocadura del arroyo Mbororé en el río Uruguay. De ese modo la reducción quedó convertida en centro de operaciones y en el cuartel general del ejército guaraní-misionero.

Las características del terrero y el recodo que forma el arroyo Mbororé, en la actual provincia argentina de Misiones, hacían de este sitio un lugar ideal para la defensa. Al mismo tiempo se destacaron espías y guardias por los territorios adyacentes y se estableció una retaguardia en Acarágua.
 
Las fuerzas bandeirantes al mando de Manuel Pires y Jerónimo Pedrozo de Barros partieron de San Pablo en septiembre de 1640. Luego de establecer diversos campamentos y parapetarse en varios puntos del recorrido, una partida llegó al Acaraguá, donde encontraron la reducción completamente abandonada. Sitio que eligieron para levantar empalizadas y fortificarlo a fin de utilizarlo como base de operaciones. Posteriormente se replegaron para avisar al resto de la bandeira de la seguridad del asentamiento
 
Una crecida del río Uruguay en enero de 1641 trajo consigo una gran cantidad de canoas y mucha flechería. Lo cual dio una idea a los jesuitas de la cercanía del enemigo.

Además, luego de que el grupo explorador paulista se replegara del Acaraguá, varios guaraníes que habían logrado escapar de los esclavistas dieron con los jesuitas a quienes informaron del número y armamento de los bandeirantes.

Entonces una pequeña partida misionera se estableció nuevamente en el Acaraguá en misión de observación y centinela. El 25 de febrero de 1641 partieron ocho canoas río arriba en misión de reconocimiento. A pocas horas de navegar, se encontraron cara a cara con la bandeira que llegaba bajando con la corriente del río con sus 300 canoas y balsas pertrechadas. Inmediatamente seis canoas bandeirantes comenzaron a perseguir a los misioneros, los cuales se replegaron rápidamente hacia el Acaraguá. Al llegar, los guaraníes recibieron refuerzos y las canoas bandeirantes debieron replegarse.

Mientras tanto un grupo de misioneros partió velozmente a informar a los jesuitas del cuartel de Mbororé de la situación río arriba.

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La batalla de Mbororé.

Al amanecer del día siguiente, 250 guaraníes, distribuidos en treinta canoas y dirigidos por el cacique Ignacio Abiarú se enfrentaron a más de cien canoas bandeirantes, logrando que éstos debieran replegarse.

Alejados los paulistas, los guaraníes procedieron a destruir todo aquello que pudiera servir de abastecimiento en Acaraguá y se replegaron hacia Mbororé. Por las características geográficas de este sitio, era el ideal para enfrentar a los portugueses, ya que los obligaba a una batalla frontal.

Efectivamente, al llegar la bandeira a Aracaguá el 11 de marzo de 1641 no encontró nada de provecho y se dirigió rumbo a Mbororé. Unas 300 canoas y balsas avanzaron río abajo.

Sesenta canoas con 57 arcabuces y mosquetes, comandadas por el capitán Ignacio Abiarú, los esperaban en el arroyo Mbororé. En tierra, miles de guaraníes respaldaban a las canoas con arcabuces, arcos y flechas, hondas, alfanjes y garrotes.

El choque armado fue rápidamente favorable a los guaraníes. Un grupo de bandeirantes logró ganar tierra y se replegó hacia Acaraguá, donde levantaron una empalizada.

Durante los días 12, 13, 14 y 15 de marzo, los misioneros bombardearon continuamente la fortificación con cañones, arcabuces y mosquetes, tanto desde posiciones terrestres como fluviales, sin arriesgar un ataque directo. Sabían que los portugueses carecían de alimentos y agua, por lo que se prefirió una guerra de desgaste. Además, varios tupíes comenzaron a desertar y unirse a las tropas misioneras, facilitando información sobre el enemigo.

El 16 de marzo los bandeirantes enviaron a los jesuitas una carta donde solicitaban la rendición. Dicha carta fue rota por los guaraníes. Los portugueses intentaron huir del asedio guaraní remontando en sus balsas y canoas el río Uruguay. Sin embargo, en la desembocadura del río Tabay los esperaba un contingente de 2.000 guaraníes armados.

Ante esta situación, los portugueses decidieron retroceder hacia el Acaraguá para ganar la margen derecha del río y así poder escapar de los guaraníes. Sin embargo fueron perseguidos hasta perder gran cantidad de hombres.

Del contingente inicial que salió de San Pablo, sólo lograron volver unos cuantos. Con esto, cesaron por muchísimo tiempo, las temibles bandeiras. En los territorios portugueses de Brasil, ahora sabían que los jesuitas no solo eran capaces de cultivar tierras sino trabar tan fuerte amistad mediante el vínculo religioso, que los guaraníes se habían constituído en un ejército regular que había que respetar.
 

La guerra guaranítica (1753-1765)


Durante la década de 1640, las negociaciones emprendidas por el Padre Ruiz de Montoya, ante el Consejo de Indias y luego ante el Virrey, permitieron obtener el permiso de usar armas de fuegos en las reducciones y alcanzar el reconocimiento oficial que elevaba las milicias al servicio del Rey. En recompensa por la defensa y vigilancia de la frontera el Virrey eximía, en 1649, a los indios guaraníes de la mita y autorizaba el pago de tributo en un peso de a ocho reales, por año, al desempeñar las reducciones la función de presidios de frontera o enclaves militares. Una vez constituidas las milicias serían convocadas por los gobernadores de Buenos Aires y Paraguay, con diferente respuesta por parte de los jesuitas, para auxiliar la defensa del territorio en sus diferentes frentes.

Pero a principios de 1750, un conflicto de inesperada envergadura estalló en el corazón de las reducciones jesuíticas de guaraníes. Un desconcertante tratado de límites firmado en Madrid entre España y Portugal estableció nuevos límites de sus posesiones coloniales, e implicaba, entre otras cosas, la cesión a Portugal de un territorio ocupado por siete reducciones jesuítico-guaraníes, ubicadas el este del río Uruguay, a cambio de la devolución del estratégico enclave de Colonia del Sacramento, ubica en la margen oriental del río de la Plata.

Puede apreciarse los 7 pueblos guaraníes (4-10) que debían ser reubicados.

Los intentos por revertir el tratado desde el ámbito local no lograron una respuesta en la corte; por el contrario, la orden se extremó y se enviaron comisionados para garantizar su cumplimiento. Pero liderados por sus caciques, los aborígenes se negaron a dejar las reducciones y algunos de ellos impidieron, poco después, la entrada de los comisionados de demarcación a la zona afectada por la permuta (febrero de 1753).

A través del gobernador de Buenos Aires, se intimó a los curas y a sus caciques a abandonar los pueblos, bajo amenaza de enviar a las tropas reales. Pero los cabildos de los pueblos manifestaron su postura de intransigencia y su decisión de defender las tierras de sus ancestros con su sangre.
"Aunque no queremos guerra, mas por la hubiese decimos a los nuestros: prevéngase solo para ella conpongamos bien las armas busquemos a nuestros parientes que nos han de ayudar [...], salvemos nuestras vidas, nuestra tierra y nuestros bienes todos porque no nos conviene que con la mudanza quedemos pobres y afligidos [...] esta es la tierra donde nacimos y nos bautizamos y así aquí solo gustamos de morir" (Carta del Cabildo de San Luis al gobernador de Buenos Aires, julio de 1753, Archivo Histórico Nacional de Madrid, Compañía de Jesús, legajo 120, exp. 33, f. 1v.; cit. en QUARLERI, Lía, "La guerra guaranítica (1753-1756). Política, representaciones e idiología", en LORENZ, Federico (comp.), Guerras en la Historia Argentina, Ed. Ariel, Moreno (prov. de Buenos aires), 2015, págs. 38-39).
Dos campañas militares fueron enviadas contra estos pueblos, en 1754 y 1756, tras lo cual la resistencia fue aplacada por los ejércitos aliados de España y Portugal.


Guerrero de las milicias guaraníes armado con trabuco.

Los guerreros guaraníes solían pintarse la cara o el cuerpo en color negro de diferente diseño; la pintura la obtenían de un fruto silvestre. Normalmente lo hacían cuando había enfrentamiento, peleas o un acontecimiento importante.

Utilizaban diversas corazas de piel para protegerse en el combate, así como gorros adornados por el pico de un tucán. El pico del tucán era uno de los elementos decorativos de la diadema del cacique guerrero. Como indumentaria guerrera, vale preguntarnos, si el pico fue un emblema de la grandeza del cacique o pretendía el contagio de algunas de las atribuciones del ave al guerrero en la batalla.

"gorros y corazas de campaña de los indios" (mocovíes de San Javier)
Lámina XVIII, Florián Paucke, "Hacia allá y para acá, una estadía entre los Indios Mocobíes, 1749-1767".
Traducción castellana de Edmundo Wernicke. U. N. T. e Instituto cultural argentino-Germana, 1942. Tomo II.

Pieza de colección 1


Guerrero guaraní de la batalla de Mbororé (1641), armado con arco y flechas, confeccionado en aleación metálica y escala 1/35 (54 mm) por Miguel Escalante Galain: http://miguelesmodemil.blogspot.com.ar/
 


Pieza de colección 2


Guerrero guaraní de la batalla de Mbororé (1641), armado con lanza, confeccionado en aleación metálica y escala 1/35 (54 mm) por Miguel Escalante Galain: http://miguelesmodemil.blogspot.com.ar/









Pieza de colección 3


Guerrero guaraní de la época de la guerra guaranítica (1753-1756), con su vestimento típica y  armado con un trabuco naranjero.

Lleva media cara pintada de negro y un adorno injertado en su labio inferior llamado tembetá. En su cabeza lleva un tocado con pico de tucán.




 
 

Charrúas

 

Descripción

 
Se desconoce el origen y significado específico del gentilicio "Charrúa". Existen varias hipótesis: "litorales"; "somos turbulentos o revoltosos" (del guaraní: "cha": nosotros; "rru": enojadizos); "iracundos", "destructores", "mutilados", etc. Como sea, ha prevalecido por sobre otras parcialidades que habitaban la región -aliadas en el siglo XVIII-, a las que se trata en conjunto como la "Nación Charrúa":

Charruas (propiamente dichos)
BohanesLa costa este del río Uruguay entre el Negro y el Cuareim.
GuenoasConstituían la sección septentrional al oriente del río Uruguay en el ángulo sudeoeste de Río Grande do Sul y norte del estado oriental.
MinuanesSu dominio originario era el centro sur de la provincia argentina de Entre Ríos.

Algunos autores incluyen también a los Yaros, aunque la opinión más generalizada es que se trataba de una parcialidad kaingang.

Ninguno de estos grupos parece haber sido genuinamente canoero. Pese a ello podían pasar de una comarca a otra del Plata con relativa facilidad gracias a la multitud de arrecifes que se extienden a lo largo del Uruguay medio, uno de ellos conserva el nombre de "Paso de los Indios", y la voz "Itapebi", perteneciente a otro cercano, en su traducción literal del guaraní, significa "calzada de piedra".

Era una cultura de cazadores nómadas y recolectoras, con una forma de vida muy similar a la de las comunidades de la Patagonia. Los rasgos físicos también eran semejantes, altos y robustos, del tipo racial "pámpido". Participaban de la tradición cultural de la Llanura.

Jefe charrúa montado, similar al de la pieza de colección exhibida.

Los animales cazados eran ñandúes, venados y toda clase de roedores. Las técnicas de caza eran semejantes a las utilizadas por los Tehuelches: persecución de animales hasta rendirlos por agotamiento.

Recolectaban frutos y raíces silvestres, huevos de ñandú y los cogollos de las flores del ceibo.
 

Vestimenta


En invierno utilizaban el típico manto patagónico, con el pelo hacia adentro, exteriormente estaba adornado con figuras geométricas.

También vestían el el "chillipa" o "chiripá", pieza de cuero triangular que se pasaba entre las piernas y se sujetaba a la cintura mediante una tira de cuero y el "chepí" camiseta sin mangas elaborada con piel de venado o yaguareté.


Vestimenta charrúa.

El tatuaje era común, tanto en la cara como el cuerpo. Usaban vinchas y penachos de plumas y brazaletes de huesos. Usaron el tembetá, práctica que abandonaron hacia el siglo XIX.

Vivienda


Ubicaban su vivienda cerca de ríos y arroyos. En general la vivienda consistía en una estructura simple de 4 palos clavados en la tierra sobre los cuales colocaban travesaños horizontales. A los costados ataban esteras de juncos o totoras para protegerse del viento, y en épocas de frío y lluvia agregaban otras para formar un techo más bien plano.

Vivienda charrúa.

Eran fáciles de armar y trasladar. A partir del siglo XVIII, con el aporte del ganado vacuno y caballar, aparecieron las tolderías, reemplazando las esteras por el cuero.


Sociedad


La familia era monogámica, rara vez se separaban las parejas después de tener hijos; si no los había, ambos se consideraban libres de formar otro matrimonio. En caso de adulterio, la consecuencia eran algunos golpes que la parte ofendida aplicaba a los infractores. Es probable que algunos jefes y caciques hayan practicado la poligamia.

El varón pedía la hija a los padres, y si éstos lo aceptaban, la llevaba. La mujer nunca se negaba. Desde que se casan forman una nueva familia. El varón ganaba el status de adulto.

La mujer cuidaba el entorno de la vivienda, cocinaba, confeccionaba prendas de pieles, cerámica y recolectaba frutos. Criaban a sus hijos sin castigarlos; a las niñas enseñaban los menesteres propios de su sexo para cuando fueran mayores.

Al hombre le correspondía la caza, pesca, armado de toldo y fabricación de utensilios y armas: lanzas, flechas y boleadoras. Los hijos varones los acompañaban en la práctica con ellas y en las cacerías.

Familia charrúa durante una cacería.

Un conjunto de viviendas conformaba la unidad mínima a cargo de un cacique. En épocas de guerra, se unían las diferentes bandas, organizadas bajo un consejo de caciques.


Industria lítica


Se destacaban en el manejo de la piedra, logrando boleadoras -que tanto impresionaron a los primeros europeos- o puntas para flechas y lanzas, tan perfectas que hacían trascender su prestigio a otras comunidades, llegando a se usadas como objetos de intercambio.

Fabricaban también pulidores, raspadores, morteros, hachas de mano, sierras, cuchillos, punzones, etc. La materia prima era abundante en toda la cuenca del río Uruguay, obtenían entre otros; ópalo, cuarcita, jaspe, pizarra, ágata y sílice.


Pieza de colección


Jefe charrúa, confeccionado en aleación metálica y escala 1/35 (54 mm) por Miguel Escalante Galain: http://miguelesmodemil.blogspot.com.ar/

Va montado y armado con su arco. Puede observarse la montura de piel de yaguareté.
 
 
 
 
 
 
 
 




Bibliografía


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ESTÉVEZ, Juan José; Pincén. Vida y leyenda; Ed. Biblos; Buenos Aires; 2011; 1º Edición; 348 págs.-






MARTÍNEZ SAROSOLA, Carlos; Los hijos de la tierra. Historia de los indígenas argentinos; Ed. Emecé; Buenos Aires; 2002; 2º edición; 240 págs.-




MORGAN, Eluned; Hacia los Andes; Ed. El Regional; Chubut; 1982; 2º edición, 88 págs.-




MULHALL DE PIGUILLEN, María Graciela; San Luis y sus aborígenes. Vida y costumbres; Ed. ICCED; San Luis, 1994: 1º edición; 95 págs.-




SÁNCHEZ, Orlando; Los Tobas. Cultura, tradiciones y leyendas; Ed. Búsqueda; Buenos Aires; 1986; 1º edición; 29 págs.-

 



S/D; La otra Patagonia; Ed. s/d; año y lugar s/d; 24 págs. (Colección de 24 fotografías de los Tehuelches del Sur [Aoinikenk], en 1948).-



 
 




2 comentarios:

MSMINIATURAS dijo...

EXCELENTES LOS DATOS DOCUMENTADOS, ARROJAN LUZ SOBRE LA HISTORIA DE LOS PUEBLOS ORIGINAROS DE AMÉRICA, MUCHAS VECES OLVIDADOS, LAS MINIATURAS COMPLEMENTAN MUY BIEN, EL BLOG ES PARA RECOMENDAR, FELICITACIONES

Roberto Daniel dijo...

Muchas gracias. Esta entrada está en plena formación. Los datos volcados en el blog son sólo el comienzo de una tarea que, en la medida que el tiempo me lo permita, irá creciendo mucho más, con descripciones y análisis mucho más profundos. Saludos y gracias por dejar su comentario.